Lunes 8:30 AM

Baquedano / 8:30 AM / La entrada al metro emana un calor infernal / Hola / Un saludo que es un ruido de pájaros da la bienvenida a la jornada / Un abrazo incómodo / El taco con forma de semicírculo se mueve apenas unos metros y vuelve a estacionarse / Un paso de cebra repleto / Dos mujeres bailando la danza rehusada / Una esquiva a la otra quebrando su cadera hacia su derecha / La otra esquiva a la primera moviendo su muslo libre a la izquierda / El calor sigue en aumento / Arriba un cielo azul / ¿Cómo estás? / Bien, ¿tú? / Ambos bajan por la escalera del metro / Se pierden en un día que es el mismo de siempre / Otro saludo a pasos de la plaza / Un hombre con terno evita golpear ancianas con su maletín / Más tarde querrá hacerlo / Se desabrocha el primer botón de su camisa antes de llegar a su trabajo / Un estudiante bosteza por años / Una colegiala sube por la escalera / Con su mano detiene el vaivén de su falda / Hola / Un tercer saludo / Un banco que aún no abre ya tiene fila / Empieza un lunes con rostro vacío / Apenas un par de sonrisas / Hola / Un cuarto saludo ahogado en el ruido / Una estrella fugaz pasa sin que nadie lo note / Que tengas buen día / Buen día / Que te vaya bien / Que nos vaya bien.

El cielo desde el campo

La noche se ha despejado y, antes de cerrar sus ojos, el niño Sergio mira el cielo desde la ventanita diminuta de su dormitorio. Allí están las estrellas siempre tan lejanas, las magnánimas del ayer, aún irradiando luz que es como una proyección de su deseo. Sergio las mira con un dejo de pena, queriendo conocerlas a todas, una por una, saber sus nombres, oír sus historias y su pasado. Ojalá pudiera, pero el camino es largo y tendencioso, una cansadora cuesta arriba, una cosecha interminable. Nunca llegaré a conocer las estrellas, piensa el niño, estaré toda mi vida anclado a cultivar esta tierra, sin embargo, en un universo paralelo, quizás otro Sergio tenga mejor suerte.

Extracto de una novela II (Emilio y Laura).

Había una vez un joven que vivía en una casa normal, con una familia normal, dos padres y tres hermanos, incluyéndolo a él, que era el menor. Un día de abril, al almuerzo, su hermano mayor llegó con una inesperada noticia a la mesa: se casaría con la que fuese su novia por cinco años. Al principio la noticia fue un shock, especialmente para los padres, pero con el tiempo todos fueron aceptando las inquebrantables nupcias. Cuando asimiló y aceptó la idea, la madre del joven se volvió una maniática planeando el día, mandando a hacer los partes, organizando las mesas, buscando el lugar adecuado para la ceremonia, decidiendo entre una banda o un DJ que le diera vida a la fiesta. Pasaron cuatro meses hasta que el esperado día llegó.

Ambas familias eran católicas, por lo que no fue un problema encontrar una iglesia que estuviera a mitad de camino entre las dos casas y que fuera lo suficientemente linda para albergar al futuro matrimonio. La ceremonia fue impecable, la delgada mujer radiaba en ese vestido blanco de cola larga y el hombre remembraba tiempos pasados con un frac de estilo perenne. A la salida, las dos familias fueron llenando de arroz el caminar de los recién casados, quienes se perdieron en el horizonte, luego de subirse a un Chevrolet Impala blanco, modelo del 61, que le pidieron prestado a un amigo de la familia de la novia.
Más tarde estaban todos en el club de campo La Posada, esperando en la recepción, entre aperitivos y deliciosas degustaciones. Fue justo ahí cuando el joven, mientras esperaba que llegase su hermano, vio a una linda mujer en un vestido rojo impecable, con una rajadura en la pierna derecha que era el balance perfecto entre lo sensual y lo sofisticado. Estaba tomando un mojito cubano y comiendo una empanada, sola en un rincón. Quiso hablarle pero creyó que no era apropiado. Más tarde lo haré, pensó, pero la vio tan sola que no aguantó las ganas de al menos hacerle compañía. Lamentablemente para el joven, no alcanzó ni a armarse de valor cuando otro hombre, bastante mayor, llegó donde ella y le habló. En dos minutos entraron al lugar y el joven, enrabiado consigo mismo por su falta de decisión, volvió con su familia y se tomó un mojito, de la misma bandeja donde había sacado el suyo la mujer.

Ya en las mesas el joven buscó a esa mujer por todos lados, pero no la encontró. Era como un fantasma que aparecía a su placer, penándolo con su vestido rojo y sus piernas tersas. Miró hacia la pista de baile y al escenario, pero no había nadie. Finalmente se resignó a seguir buscándola y se obligó a disfrutar la exquisita comida que había en la mesa: un filete mignon recostado en finas hierbas, acompañado de un puré florentino adornado con hojas de perejil. El vino era un cabernet sauvignon, Casa Silva reserva, ideal para el plato, suave de aroma pero fuerte y corpulento en el paladar. Al final de la cena sirvieron un postre que el joven apenas pudo terminar, un suspiro limeño tan dulce que era anestesia en las encías.
Fue recién en el vals de los novios cuando el muchacho se dio cuenta que la mujer no era un fantasma sino parte de la banda, a pesar que estaba en el escenario, al lado del tecladista, sin hacer nada. El vals fue El Danubio Azul, de Johann Strauss, la elección más predecible y aburrida que existe, pero que aseguraba una tradición perfecta, donde la familia de los novios, especialmente sus padres, pudiesen emocionarse con los primeros compases de la pieza. La mujer sonreía mirando el baile y al tecladista, pero en ningún momento fijó sus ojos en el joven, que la miraba boquiabierto, alucinándola como si fuese una selenita danzando en el mar de la tranquilidad.

No fue hasta que la banda empezó la fiesta cuando la mujer se ubicó en el micrófono y empezó a cantar canciones de tres sonoras: Palacios, Dinamita y Malecón. Al concluir las cumbias, ella se tomó un receso y otro músico tomó su puesto de vocalista. El joven intentó ir a buscarla pero sus tías lo encerraron para bailar con él. Una vez más se escapaba la mujer, detrás del escenario, donde apenas se podía vislumbrar su vestido, entre los cuerpos de la banda que seguía tocando.
Ella volvió al micrófono una vez más, cuando el baile se había detenido un poco y se estaban haciendo actividades con los novios. La novia tiró el ramo, hizo un koala e hicieron unos concursos en los que el joven no participó, por estar mirando a la mujer que aún no fijaba sus ojos en él. La última actividad fue la tradición donde el novio le quita la liga del muslo a la novia, bajo una música sensual. You can leave your hat on, la versión de Joe Cocker, fue la canción que tocó la banda (predecible). Cuando la mujer empezó a cantar, emulando una voz erótica, volvió loco al joven que en ningún momento giró su cabeza para mirar a los novios. Su voz, a diferencia del poderío que tiene la de Joe, le imprimió un toque mucho más elegante a la canción. Fue un momento epicúreo, invitando a los presentes a integrarse a una sexualidad hermosa, llena de vida y sin un solo toque de lo que algunos pudieron haber visto como indecencia.

La mujer no cantó más en toda la noche y el joven predijo, entre tantas miradas, que se aburriría. Fue recién ahí cuando ella notó las miradas descaradas del hombre que, sin hacer el mínimo gesto por dejar de mirarla, se le acercó. Se puso nervioso justo antes de hablarle, no supo qué decir, se arrepintió como pocas veces le había pasado, pero ya era tarde. Le confesó que quedó encandilado con su voz, que él también era músico y que le gustaría conocerla, con un afán netamente musical. Era mentira, claramente, lo de esa noche fue en un cien por ciento atracción, tanto física como emocional, pero él ya tenía una novia a la que quería demasiado. Al joven, la excusa de la música le iba a servir por mucho tiempo, mientras organizaba sus pensamientos. Tarde o temprano, su relación terminaría y empezaría algo extraordinario con esa mujer del vestido rojo, las piernas tersas y la rajadura elegante.

Así fue como se conocieron Emilio y Laura, en el primer matrimonio al que Emilio había asistido y el primero en el que Laura había cantado y que, a pesar que ella también se encantó con el joven esa noche, no fue hasta ese día, cuando Emilio le pidió perdón, que supo la historia completa de cómo él la estuvo buscando incansablemente durante la fiesta.

Ongolmo 139 (Selección final – Concepción en 100 palabras III)

Quizás es porque ahora cuesta más arrendar un lugar: hay más competencia o valen mucho más. Quizás todo lo que rodea a la universidad está ocupado. Quizás los poemas actuales sirvan solamente como entretención en los pubs y el Trilce no sea más que un nostálgico recuerdo penquista. Ongolmo ya no es el mismo de antes pero, por sobre todas las cosas, la gente ha cambiado. Los láricos están muriendo. ¡Cómo debe estar Omar, en su tiendita vacía! Pero bueno, como diría él: «No será este papel el que encienda sus voces».

Pero una vez…

Pero una vez fue niño, antes del tiempo, cuando el sol era un algo temprano. Sí,
una vez lo fue, una vez solamente, cuando podía caminar sobre el charco sin mojarse
los calcetines harinosos, antes de todo, ahí donde se criaron las ilusiones de príncipe, sí,
ahí donde murieron las ilusiones de príncipe, años más tarde, donde también murieron otros
el carabinero, el doctor y más tarde el abogado y no quedó nada más que una prosa barata.
Sí, ahí fue niño, ahí conoció el amor obnubilado, ahí fue poeta de las cosas simples, ahí
donde fue llorón de lágrimas de polietileno, donde tuvo su primera erección
por razones tan extrañas que nunca las contó, donde escribió su primer poema y lo olvidó
a cinco minutos de haberlo terminado, porque frente a su casa había un vestido azul
pero nada más allá sucedió, pero una vez fue niño, y ese recuerdo en nada queda, hoy ya no es niño, hoy hunde sus pies en el charco, hoy es nada más que un recuerdo de un poema
un poema maldito, un poema que alguna vez fue vibrante, un poema que jamás fue leído.

Tic Tac

Frío el plato de lentejas en la esquina de una mesa redonda
la niña puchero de brazos cruzados apenas jugando en su mente pronta
asqueando esa comida reseca del mediodía que no sabe ni huele a nada
(la glotis se le cierra a una nueva experiencia y al entusiasmo).
Dicen que hay una vida lejana que se necesita buscar, la ha escuchado,
si oyó mal no es su culpa, ella es niña de vestido azul
sin embargo merece esa vida, y algún día la encontrará en un matorral
o se le perderá entre palabras peyorativas, miradas feas y buitres negros.

Cerca existe un niño azul jugando en una calle de granos de arena
con un balón desinflado y los cordones deshechos por la fricción
– qué es eso – dirá en un par de segundos, mirando una luz que no existe
y se guardará una vida ajena por años en sus bolsillos mal cosidos.
No sabrá hasta los mediados de su ajetreada y drogada adolescencia
lo que esa luz en su bolsillo significa, no, porque no la ha visto aún
tampoco ha visto esa luz irse a negro, en un silencio que limita con la muerte
Falta tiempo. Falta vida. Esto recién empieza. El tic tac se hace escuchar.

El lento paso a la vejez.

El año que pasa melodramático a través de su aliento, navegando, aleteando, lo insólito se hace fuerte, senectud, cada vez más, más, la fuerza sobrehumana que lo acerca a su tumba de flores azules, el amor en sus poros, el pus intermitente, ¿dónde están esos tiempos de paz? La respuesta no es más que un himno solemne, una religión forzada, un oído acostumbrado, la vida le sucede siempre un par de segundos por delante, pavimenta el camino de grietas y sonrisas, más allá el mar y el altazor en los cielos, en el viento algo etéreo, un susurro condimentado, vida o más bien una condición, el año plus, una oportunidad para lobotomizar el pensamiento o radicalizarlo, una reencarnación existe en la última década, una cagada cósmica, muchas copas de vino y droga, el vuelo incesante, el fin, mejores días, últimos años, el fin justifica los medios.

Detrás viene una juventud inmortalizada, una musa divina, un amor platónico, la sombra de lo que alguna vez fue sexualidad enajenada, un cuadro que se despedaza a sí mismo, una pena que limita con la rebozada sonrisa, un mismo año, la arruga rebelde que apenas comienza a aparecer, el recuerdo de un amor esparcido en un terreno baldío, dolor de huesos y una lágrima que no quiere salir de la glándula, de su boca sale un jamás y un siempre, un beso al aire, una dedicada fotografía en el velador, una sangre lejana y olvidada que crece sola como maleza, allá lejos, muy lejos de ella, el tiempo pasa cutiano y sus dedos temblorosos intentan sujetar el segundero, no queda fuerza, no, no hay que mirar atrás.

Poema de amor perdido y encontrado.

Es la canción dedicada, vibrante, el tempo meloso, el sexo sinfónico
lo que él intenta de formas fallidas callar, el canto ahogado
el muerto adentro, podrido en la selva cálida, la vista obnubilada
la rima asesina, el amor y el desamor enamorados, el Lihn corpóreo,
la fuerza con la que se masturba ubicado en la esquina de un cuarto
llorando callado sin el más mínimo sonido que perturbe a las nubes
cantando en silencio la prosa horrible, el odio desmesurado, la muerte
que él evita encontrar, amando sin amar, la orquesta de cristal
desvanecida en la invisibilidad de su amor insaciable por la persona
por la fuente de deseo y excitación autopoiética, indestructible, inagotable
la persona que ya no está, que se perdió en el tiempo aletargado, aparece
extrañándola como si fuera una fatamorgana o un linfoma cronometrado
tirante, tirante, tirando, mordiendo, mordiendo, gimiendo, muriendo
el odio de a poco va corrompiendo el sistema, se apodera de todo, de él mismo
del día y la noche que es una mezcla homogénea, del horizonte infinito, se apodera
sí, lo toma todo y lo consume, la perspectiva transmuta en un algo transgénico
él remueve una lágrima que con el tiempo se ha fosilizado, se levanta en dos pies,
se limpia la mierda, se muerde los labios, se suena los huesos de los dedos
mira a su alrededor y odia con el corazón latiendo, odia con el estómago vacío, odia
con la garganta séptica y la visión mutilada, odia con el amor intacto
canta como nunca antes había cantado, la canción dedicada, el silencio mortecino, la mueca fútil
la luz del sol entra por la ventana y alumbra sus ojos, lo encandila por segundos
detrás está ella en la forma de una guitarra, se desafina y se le oxidan las cuerdas
la madera se pudre y el mástil se dobla, suena un vals, suena una cueca, suena un bolero
él canta con voz de pecho y la guitarra se rompe y el odio se va, pero no el amor de museo
inmortalizado en una pintura y en un poema, en un recuerdo nostálgico, en una eyaculación rápida
ese amor no, ese amor se queda pero no es de él, de nadie es, es solo amor
no tiene dueño, no tiene emisor ni remitente, es solo amor, crudo, lascivo como ninguno
ni la muerte lo corromperá pues vuela libre en el viento, de nube en nube, de techo en techo
de primavera en primavera, de lluvia en lluvia, de cóndor en cóndor, de hombre a hombre, de vagina a vagina, de lengua a lengua, de alma a alma, de siempre a nunca.

Extracto de personaje: Laura.

Extracto de una próxima novela.