Delirio en Fa

Hube pestañado no más que dos veces antes de los primeros dulces frotes del cuarteto de cuerdas. Mi amiga Adela, sentada al lado mío, comenzó a sonreír y sonrojarse junto con la melodía. Sin duda era Ravel. Su estilo detallado, vehemente, único entre muchos, retumbaba con delicada mesura en las blancas paredes del teatro. Sentía cada violín como si fuesen mis propias venas; el gentil sonido de la viola como un ángel protegiéndome; el opaco estruendo del violoncello como el viento en un valle. Los ojos se me cerraban, no por cansancio ni por relajación, sino por obligación. Sólo mis oídos y mi piel estaban dispuestos a sentir las vibraciones de la música. Por un momento sentía la respiración de Adela, a los segundos ya no estaba. Era yo solo, yo y los motivos sensacionales en trémolos de cuerdas. Al principio la melodía era calmada, un poco melancólica. Luego, al calentarse la pecantilla de los instrumentos, el tema dio un vuelco inesperado, volviéndose cálido y sumamente triste, con una intensidad que enervó mis sentidos al máximo. Yo, sumergido en mí mismo, pude hasta sentir los latidos nerviosos de los intérpretes, pude valerme de su alma para acariciar la mía. Sentí el vaivén armonioso de corcheas y blancas penetrando por mis poros y, con suavidad, quedándose dentro, durmiendo en mi interior. Los minutos pasaron veloces sin siquiera notarlo. El primer movimiento se apagó y yo, un tanto frustrado, abrí mis ojos y miré alrededor. Los músicos cambiaban la página de la partitura en sus atriles. El público, por su parte, sólo atendía a esperar paciente. Adela no abrió sus ojos sino hasta que terminó de saborear la música en su paladar, con una sonrisa increíblemente lujuriosa. Me miró con un gesto alegre, y yo la miré a ella. No dijimos nada, pues no era necesario ni adecuado hablar.

Ravel comenzó a sonar de nuevo. Esta vez cambiando el apacible frote de cuerdas por el pellizco de ellas a un ritmo bastante más acelerado. Cerré mis ojos de nuevo y me dejé llevar por la carrera musical que llevaban los músicos. Me sentí ligero en un mundo de colores y sabores, recorriendo sus muros serenos y calles quietas. Adela estaba conmigo, llevándose consigo cada suspiro que yo daba. La sentía divina, tocada por la mano virtuosa de Ravel, y un tanto lúcida, pues me miraba directamente a los ojos mientras escapaba de mí. Ella se perdía en cada fotograma de colores, en cada ángulo siniestro y mordaz, pero nunca dejaba de sentirla. Al cabo de un rato, me sentí yo divino, con una sensación de preciosidad que se me asemejaba a la felicidad eterna, bañada en paz y hermosura; un nirvana sublime. Cada frase aguda cantada por el primer violín, las armonías susurradas por la viola y la base firme pellizcada por el violoncello me produjeron mayores y más nítidos colores, y además una más clara visión de Adela corriendo delante de mí, escapando, jugueteando, delirando conmigo. Sólo fue hasta que los pellizcos acabaron y el tempo volvió a bajar, cuando comencé a saborear la acidez en mis labios. Fue un sabor que me forzó a olvidar a la mujer por un segundo y concentrarme de lleno en el gusto, tenue en la punta de la lengua, pero fornido por los costados. Un dejo que se impregnó en las paredes de mi mandíbula, secretando, como toque final, un dulce trago que bajó por mi garganta, que para ese entonces moría de sed.

Ravel me hablaba, de una forma quizás un tanto precaria, pero sentía su voz aclamando verdades que sólo él percibía, murmurando ideas que sólo él concebía y, con un atisbo de dulzura, compartiendo las emociones más profundas e indescriptibles que él sentía, todas ellas conmigo. Esto, no obstante, no significaba nada para mí, pues en el fondo sabía que estaba siendo llamado a traspasar estas emociones. Por eso miré a Adela, la vi preciosa, parada al lado mío, borrosa dentro de un fugaz humo marrón que lentamente cambió a un tono verdoso. La vi quieta, con una mueca sencilla, como expresando inocuidad. Una inocencia que perduró por unos segundos, para luego cambiar, junto con el inicio del tercer movimiento, a una serenidad apasionante. La figura de la mujer era perfecta acompañada por el cuarteto, especialmente por los sonidos bajos del violoncello, explayando con gracia la pizca de madurez y conocimiento que Adela había conseguido luego del jugueteo del movimiento anterior; del scherzo. La veía ahora en la ciudad, caminando en la realidad de un día soleado, de colores simples y fuertes, que brillaban junto con los trémolos y se opacaban cuando los bajos volvían a adquirir fuerza. Con el sutil cambio de tonalidad, comencé a sentir la lluvia caer sobre mi cabeza. Con ella, la saliva se me volvió amarga, pero esa incomodidad pareció gustarle a Adela, quien se acercó a mí, cambiando el tono del cielo de celeste a anaranjado. El gusto amargo en mi boca me comenzó a agradar, al tiempo en que la música subió la intensidad junto con mi corazón. Estábamos la mujer y yo abrazados, danzando al son de los violines, frotando nuestros cuerpos al ritmo del frote de los instrumentos, cambiando los colores de nuestro alrededor y los sabores de nuestros paladares. Nos quedamos disfrutando el momento los dos, bajo la lluvia, hasta el fin del movimiento, cuando el último acorde dejó de sonar.

El cuarto y último movimiento comenzaba desesperado, irritante y un poco forzado. Sentía el olor a frutas de campo, entre ellas el olor dulce de una higuera, cuyas hojas caían bailando. Adela se me perdió por un segundo, mas eso no me preocupó. Olí los higos, algunas veces secos y otras veces maduros, transformaciones siempre dictaminadas por el estruendo del cuarteto. Sentí el viento en mi cara y empecé a caminar por el blanco eterno del huerto de aromas. A medida que me acercaba a los arbustos, y cuando la música se desesperaba, podía incluso oler las naranjas, una fragancia cítrica que irritaba mis sentidos aun más. El blanco, entonces, volvió a transformarse en marrón, súbitamente, para luego pasar a gris, y más tarde a un avasallador color negro que tapó toda mi visión. Palpé mis alrededores con las manos y no encontré nada, intenté escuchar la respiración de Adela, pero no la hallé. Como última medida, tragué un sorbo de mi propia saliva, ahora insípida, e inspiré con todas mis fuerzas, sin encontrar perfume alguno. Quedé en el silencio absoluto por unos segundos que se me hicieron vitales. De pronto, una mano temblorosa tomó mi mano y me abrió los ojos. En ese mismo instante el público empezó a aplaudir a los músicos de pie. Adela aplaudió a mi lado, con una expresión de satisfacción inmensa en su rostro. Yo la observaba, con los ojos nublados en lágrimas, por un buen rato mientras ella aplaudía. Cuando el público calló, la mujer me acechó, olvidando su exaltación por completo. Nos quedamos mirando unos segundos, ambos entendíamos lo que había pasado, lo que habíamos sentido: Una emoción mutua tan fuerte que unía ambos pensamientos en uno solo, en uno maravilloso. Ravel nos había hablado a los dos, nos había sentenciado su forma de vivir en menos de media hora, nos había unido con viveza por medio de nuestros sentidos. Había, sin más que agregar, unido nuestras almas dentro de una sola, creada bajo la firma del virtuoso. Adela desvió la mirada y sonrió otra vez. Sólo luego de un tiempo, tomó aire y me dijo:

— Ravel, ¿ah? — Se levantó del asiento sin mirarme. Yo la seguí sin perderla de vista. Al momento dio la media vuelta y clavó sus ojos en mí — Fue increíble — Me dijo, y salimos del teatro.

Desde entonces que estamos juntos, todos los días intentando describir la forma en que sentimos, el dilema en el que vivimos; sin poder siquiera acercarse a lograrlo, mas sabiendo que la experiencia fue recíproca, pero que ninguno entenderá jamás la versión del otro.

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