La Santísima Trinidad

Desde el cielo transparente cayó
ésta; aquella
la del cuerpo de roble primaveral
la traída por un ángel que vivió a mi lado.

Cayó suyo en mis manos,
y su sangre negra reposó en mis yemas grasas.
Ésta; aquella
la del final ruborizado y sentimental,
la del pelaje unicornial.

Reposó al fin en mi palma sudada
y escribió
ella sola, con la fuerza del ángel
escribió agradecida
y cada línea fue una semilla de su amor
amor negro, amor delicado
como un abrazo celeste
poderoso, estremecedor.

Rayó su rostro angelical
y cada palabra fue dedicada a su cuerpo
sus músculos se aflojaron; de a poco;
al final del poema.

La sangre negra se enrojeció.
Cada oración se complementó con la siguiente
y con la anterior
como un único palpitar enfermizo.

Todo supo ácido en mi paladar
supo como el vino sabe de noche.

El ángel, entonces, con sus ojos celestiales
besó mis labios hinchados
y del cielo me trajo a ella
y con ella escribimos; crepusculares;
los tres juntos, con el ángel,
en un cuerpo solamente,
impregnado en cada letra
saboreado en cada palabra
respirado en cada oración
y muerto en cada punto final.

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