Roto

Han pasado 7 años desde que Alfredo se quedó entre el silencio y el abandono, sin compañía ni visitas imprevistas. Desde su casa, en un rincón del pasaje de tierra, justo antes del humedal, se le ve en ocasiones, barriendo el antejardín encementado con una escoba sucumbida por el abuso. No mira a nadie, no habla con nadie, sólo sonríe frívolamente a los niños que pasan corriendo hacia el humedal. Después de la sesión de limpieza, se entra a paso lento y se queda el resto de su día sentado en la salita de estar.
Dentro no hay nada, no tiene entretención más que lo que podría ser una biblioteca – una cantidad enorme de libros antiguos, tirados en un rincón sin orden alguno – y un televisor añejo de 14 pulgadas que apenas funciona. Por supuesto Alfredo no ve televisión, su aparato está ahí para simular la normalidad de un hogar, tal como él sobrelleva su propia existencia. Su vida transcurre en una burbuja de la realidad que lo rodea. Afuera ve la juventud corrompida por la delincuencia y la inmoralidad de sus actos. Escucha a lo lejos sus tratos y trata de recordar cómo fue que llegó a parar en un lugar como ése. La memoria no le falla. Siempre perteneció a esa población que lo vio crecer. Corrió por ese mismo pasaje en su niñez y compartió con el mismo tipo de gente en su adolescencia y adultez. Conoció a una mujer, se casó por amor y se enviudó bajo las mismas miradas de los mismos vecinos. Su casa era la misma hace más de 60 años, pero de casa no tenía nada. Su tamaño era más pequeño que el mínimo aceptable, sus suelos estaban notoriamente desnivelados y su decoración era tan pordiosera que hubiera sido más sugerente dejarla vacía. Hoy es peor. Las paredes de madera están roídas por las termitas cerca de la cocina, y podridas por la humedad en las esquinas del baño. Alfredo ve en esto un espejo más real que aquél que refleje su rostro. No necesita verse para darse cuenta que él también se desintegra con la humedad y las termitas, y que el fin de su hogar será el suyo también.
Cuando llega la noche, va hacia el arsenal de libros y polvo que conserva y elige uno. Se lo lleva a punta de hojeo a su dormitorio y se dedica a leer. No hay nada más que pueda hacer en su dormitorio, teniendo sólo una cama de 1 plaza y una lámpara encima de un soporte de madera que no alcanza a llamarse velador. Lee de todo, sea literatura, poesía o cualquier hoja que se catalogue como miscelánea. Hoy lee acerca de los lagos de Chile, quizás el único libro medianamente nuevo que tiene. Lo encontró en la feria del libro usado el año pasado. Hizo una oferta con los únicos billetes que encontró en su bolsillo y el vendedor, quizás por lástima, le concedió la compra. El libro es meramente turístico, pero para Alfredo es un viaje por todo su país que nunca conocerá. Se ha adentrado hasta el fondo por el Caburgua y el Llanquihue a tal punto que los conoce tanto o más que cualquier turista; pero esas aguas turquesas, impresas en alta definición en el papel plástico, le recuerdan que ante sus ojos pardos, esas imágenes desaparecerán con un eterno fading-out hasta que todo sea negro. Ni siquiera le importa conocer o no las aguas y los parajes en persona, ya es tarde para eso y lo tiene totalmente asumido. Pensar en su muerte es algo trágico pero inevitable, y preguntarse lo que pasará entonces es rutina de cada día. Siempre ha congeniado con la idea que todo simplemente se acaba, siendo aquello lo simple de la naturaleza: que saber hablar y pensar no nos aventaja del resto de los seres vivos e inertes que habitan nuestro universo. Somos animales, somos nada, somos minúsculos y grandiosos a la vez, y de la misma forma desaparecemos, siendo nada y todo coetáneamente. Alfredo no necesita toda una vida para concluir esto, lo ha cavilado desde que tiene sentido de la memoria, pero necesita una vida entera – especialmente un final de ella – para dudarlo. ¿Qué pasará al desenlace? No descarta su teoría, ni piensa hacerlo, sigue teniendo la inmensa mayoría de su aceptación, pero cuando los segundos finales ya empiezan a contarse uno a uno, es imposible no titubear. Sin embargo, no le queda más que esperar lo que suceda, y que sea suficiente para poder sonreír en el último suspiro.
Al terminar la sesión de lectura de la noche, se levanta de la cama, vuelve al montón de libros y deja el actual encima de la pila. Luego vuelve a su dormitorio y duerme profundamente. Aquella mísera rutina basta para terminar el día con un agobio estremecedor. Los años pesan.
Tiempo atrás era todo tan diferente. En su periodo conyugal, salía en bicicleta por las mañanas con su esposa, no lo suficiente como para considerarlo un ejercicio pero sí para considerarlo un paseo novelero. Vivir un matrimonio verdadero era su primer pilar, su norte, considerando que no iba a tener hijos nunca. Su esposa tenía problemas uterinos – según explicaba el doctor – que hacía imposible gestar descendencia. Por supuesto la adopción era tan utópica como concebir, pues los recursos no sólo eran limitados, sino que escaseaban totalmente por muchos lapsos. Afrontar el reto de un sueño derruido fue lo más difícil que a Alfredo le correspondió vivir, incluso más difícil que lidiar con la enfermedad que terminó por dejarlo viudo. Un hijo, descendencia, compartir su sangre y educar, fue un proyecto necesario que nunca pudo cumplir. No era por amor exclusivamente, ni por la tediosa y trivial concepción de familia, sino por orgullo. Un hijo era su linaje, y aunque Alfredo no le daba importancia al apellido – menos al suyo que era tan vago –, el linaje era el símbolo máximo de la evolución. Por lo menos así había sido educado. Si es que tuviéramos una misión en estas tierras de maldades – pensaba Alfredo –, esa era criar un hijo y hacerlo mejor que uno.
Hoy piensa más en el hijo que nunca tuvo que en su esposa. Con todo el dolor que su duelo le haya causado, nada supera la angustia de no haber ampliado su prole.
Ana, su esposa, contrajo el lupus cuando tenía 42 años. Los doctores no pudieron hacerle entender lo que significaba esa enfermedad, así que Alfredo, como es todavía su estilo, recurrió a los libros. Cómo no tener en casa alguna enciclopedia médica. Sí tenía, pero ninguna hablaba de esa enfermedad. Recorrió la ciudad completa hasta encontrar información legible sobre lo que los doctores llamaban lupus. Ana, por su parte, fue dada de alta semanas después de su primera intervención, con medicamentos para contrarrestar los ataques autoinmunes que finalmente terminaron por quitarle la vida en el otoño de 1998. Para Alfredo, verla consumiéndose con el tiempo fue su mayor prueba de amor. Debió quererla mucho como para no desbaratarse con la imagen de su mujer, una vez la hermosa inspiración que era para él, ahora purulenta por los estragos de su enfermedad. Ana tenía los ojos idénticos a su esposo, era como verse a sí misma, amarlo a él y amarse a ella simultáneamente. Tenía el pelo castaño y estatura considerablemente baja. Al pasar los años de decadencia, sus ojos se fueron desorbitando por la depresión, su mirada compasiva se transformó en una muda exclamación de auxilio, y su piel se fue sazonando como una verdura oxidada con el aire. Alfredo todavía habla con ella. Le pregunta cómo está, dondequiera que esté, si es que está en algún lado. No pretende comprarse el cuento que ella lo escucha, pero no pierde nada con intentarlo. Le habla de su día a día, sabiendo que siempre cuenta lo mismo. De vez en cuando da un suspiro nostálgico y le promete que falta poco para que estén en el mismo lugar, ya sea en el absoluto o en la ausencia total. De cualquier forma estarán juntos. Al terminar la conversación se despide diciendo que la ama, y que le agradece por haberlo amado. De vez en cuando hasta le pide disculpas por haberle hecho tan difícil la tarea de aguantarlo, entonces le agradece aún más, pues nadie más pudo.
No obstante, hoy no lo hizo, sino que visitó el Pollux, a su parecer el lago más importante del extremo austral. Se sintió turista pescando truchas y acampando en tiendas rústicas, viendo un atardecer sureño bajo el frío puelche. El viaje fue tan real que se agotó de tanta imaginación. Se durmió de inmediato al terminar. Ana se le apareció en el sueño. Estaba vestida de gala, con su pelo suelto finamente peinado por sobre sus hombros y su mirada coqueta aun radiando jovialidad, esa que mantuvo hasta que la noticia de su enfermedad empezó por matarle la psiquis. La veía como se ve a él mismo, a pesar de su realidad, joven y digno. Ella tomaba un Martini seco, nadando en una copa elegante que hacía juego con sus pulseras de plata 950. A su lado tenía un vaso de borbón triple, sin hielo, reposando en un estante de nogal, pulcramente aderezado. Ana lo miraba directo, invitándolo a degustar el trago añejado en barricas de roble americano, sin soltar en ningún momento su copa conoidal con la oliva verde medio cuerpo afuera. Se veía sensual en su vestido color blanco invierno. Sin perder ni una pizca de decencia, se le abría una pequeña rajadura por el costado del muslo, dejando un mínimo de piel al descubierto y un total de imaginación a punto de estallar. Sus ojos pardos se aclaraban con la luz de la sala, incluso se notaban miel desde lejos, y por nada del mundo se despegaban de los ojos de Alfredo. Así le gustaba su mujer, sólo para él, mirándolo de frente, directa y sencilla, sin secretos recónditos ni caminos adversos. Era su mujer tal y como la recordaba en sus mejores tiempos, impredecible pero fiel, sensual pero delicada. A pesar que no era una mujer frágil, en simular endeblez estaba su mejor carta, su apuesta de seducción. No había hombre que no se atrajera, aunque sea un poco, con esa femineidad que otorgaba su fragilidad. Alfredo no era la excepción, y a pesar de discutir siempre por el nivel al que Ana llevaba su arte de seducción – a veces extralimitando la delicadeza y femineidad hasta una derecha inutilidad –, en el fondo sabía que era ese rasgo en particular el que lo enamoraba todos los días, irreversiblemente.
La dignidad iba de la mano con la moral. Hablar de sexo, por ejemplo, era un tema únicamente destinado a la intimidad del dormitorio. Al igual que los problemas conyugales, las conversaciones se gestaban entre ellos dos, solos en confianza. No existían mejores amigas ni amigos, ni psicólogos ni sacerdotes. Nadie podía inmiscuirse en la vida matrimonial, especialmente sexual, de ellos dos. En su vida de pareja, nunca tuvieron dilemas biológicos, como para necesitar intervenciones ginecológicas ni urológicas, por lo que no habían más opciones para excusarse de hacer una consulta extramatrimonial.
Alfredo luchaba por su clase, no necesitaba tener billetes ni departamentos en Vitacura, lo sustancial era no caer dentro del abismo en el que el resto de su generación había caído. Es más, tampoco vanagloriaba a sus pares ricachones, se sentía incluso mejor que ellos, más clasista que ellos, más digno que ellos, y todo aquello viviendo en la mismísima pobreza. Era un roto, como el mismo se decía, un pobretón, pero no un desdichado. Jamás iba aceptar ser una escoria. Miraba en menos, decididamente, a sus vecinos, a los hijos y a los nietos de los mismos. Sentía lástima y altanería, y cada vez que la realidad amenazaba con sobrepasarlo, se volvía de lleno en alguno de sus libros, inmiscuyéndose en alguna historia incandescente de García Márquez, o en un poema lárico de Teillier. De la misma forma, cuando llegaba el verano, salía a pasear junto a su esposa en alguna locación de su Chile querido que nunca llegaría a conocer en persona. Los libros lo rescataban del asilo de la población, y aun sumergido en el aroma a pasta que provenía del humedal, dónde se refugiaban los más jóvenes, Alfredo sentía el olor a sur forestal o, por el contrario, el apaciguo del norte desértico. Todos esos onirismos eran los que se mezclaban en un solo sueño cada noche. Hoy todos se transformaban en la imagen de su esposa, radiante frente a él, seduciéndolo con su mirada altiva e invitándolo al placer de un buen trago acompañado de su perfume selvático.
Al despertar, Alfredo se levanta ensimismado de su cama, estira las sábanas y abre la única ventana que ventila el dormitorio. Sale de ahí arrastrando sus pies todavía cansados y va a la cocina a comer algo. Comúnmente no encuentra mucho, un poco de pan en el refrigerador, intentando perdurar más de los días permitidos, y un poco de leche. Tuesta el pan lentamente y se lo devora con precisa impaciencia, acompañado de un vaso de agua o la misma leche, si los ánimos lo acompañan. Al término del desayuno, se ducha en la pocilga que tiene como tina, con nada más que el agua a la temperatura que prefiera salir, y luego se viste como un caballero, con una camisa blanca antigua pero conservada perfectamente, con todos sus botones intactos y originales y su cuello aún duro como de fábrica. Se pone un pantalón beige relativamente normal, y termina su tenida con un bestón azul marino conservado casi perfectamente, excepto por un pequeño detalle deshilachado cerca de la axila izquierda. Tiene más ropa, pero nunca sale con otra que no sea su tenida preferida. Va entonces a la feria, compra verduras frescas y un poco de frutas. Una vez a la semana viene el hermano de Ana. No se llevan bien, pero la mujer ordenó que su hermano debiera cuidar económicamente a su marido, aunque sea un poco, cuando ella no esté. Él trabaja, es considerablemente más joven, y aunque no derrocha dinero, tiene como para darle un poquísimo a Alfredo. Esa limosna le alcanza para comprar la comida del día, y un poco de carne magra el fin de semana. Alfredo detesta que le hagan ese acto obligatorio y cínico, pero ya no tiene fuerzas para discutir ni para obviar que necesita el dinero. Su orgullo y altanería no le quitarán el hambre. Maneja su hipocresía tan bien como el hermano de Ana, se saludan con una sonrisa elaborada, conversan un par de palabras, y en menos de 15 minutos se despiden raudamente. Alfredo guarda la mitad de lo que le dan para libros y el resto lo ocupa en comida para la semana. Para qué hablar de los servicios básicos. No tiene luz, pues no la ocupa. De día la casa se ilumina completamente, y de noche lee a la luz de una vela por los minutos que sean necesarios. Luego duerme. El gas lo compra en balones de 15. Lo ocupa sólo para cocinar, así que por lo menos una vez al mes debe abstenerse de comprar un libro, y ahorrar el dinero para el gas. El agua la tiene contratada del servicio estatal, pero gasta sólo en la ducha militar de la mañana, lavarse las manos un par de veces y cocinar. A pesar que ha tenido el servicio cortado muchas veces, normalmente es capaz de mantenerlo con lo que tiene. Si fuera por la cocina, le hubiese encantado hacerse delicatesen. De su único libro de cocina internacional ve platos que le activan el apetito y la energía, como si fuera un joven otra vez. Se deleita viendo las presentaciones de los gnoquis en salsa primavera – tan simples y tan exquisitos –, de un rico gazpacho español o una fondue de queso para el frío invierno. Se conforma, de todas maneras, con sus fideos comunes y corrientes, su arroz con vienesas o, en el mejor de los casos, su bistec a lo pobre un sábado en la tarde. Le basta para sobrevivir y abatirse lentamente hasta que ya no pueda más. En el fondo eso espera, y aunque lucha por vivir un día más, está cansado. Quiere estar con Ana, quiere tenerla cerca, sentir su respiración y su risa atolondrada. Quiere abrazarla y proteger sus debilidades. Quiere, por sobre todo, verla meciendo a su hijo. Quizás en ese lugar inexistente donde vayan a parar los dos, puedan concebir su mayor sueño que la vida les arrebató. Puede que solamente sea un hijo imaginario, tal como sus viajes por los libros turísticos. Lo educará y lo hará evolucionar con la misma dedicación que un padre cría a su hijo real. Podrá respirar el aroma dulce de su cabello azabache con la misma emoción que una mamá aprovecha la muda de su hijo para amarlo. Por sobre todas las cosas, procreará una nueva alcurnia, desde lo más bajo de la generación, dedicada a poner la clase y la educación por sobre la indecencia de su generación. Su hijo podrá ser un roto, igual que él, igual que su madre, pero teniendo un padre de verdad, jamás será un desdichado.
Desde hace 7 años que viene planeando al hijo de sus sueños. Otra vez.

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Un comentario sobre “Roto

  1. Me emocionó Alfredo, me encantó su historia. Ese estilo me encanta y me estremece, estoy muy orgullosa de ti, esta vieja que te quiere y ama.

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