Navidad

Nicolás Carillo murió en la segunda quincena del último mes. Vivió sus años desahuciado en la esquina donde entran las manos vacías y salen las bolsas cargadas. No puedo sino acordarme del día en que lo conocí: sus manos intentando mantenerse limpias, su ropa ya hecha harapo. “Uno se acostumbra a verle las piernas a la gente. Hay de todo tipo, pero ninguna tiene ojos”. Justo cayó la noche, como remate a mi silencio místico. Le di comida y me fui con una horrible satisfacción.
Nicolás estuvo un par de días más ahí echado, viendo piernas y bolsas mientras esperaba su propia sentencia. Lo vi una vez más antes de navidad, volví a la artimaña barata de darle comida. Para el momento de la fiesta, noté lo horrible de mi gesto. Fue un impulso frenético, pero corrí a verlo a su esquina en la medianoche del 25. “Gracias por la comida, de nada por la cena”, decía una nota en el suelo.

No sé quién era realmente ese hombre, pero su muerte es por lejos la que más he sentido.

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