Ruleta Rusa

Es el turno de Eduardo. Hugo le sirve un doble del Chivas que, ya a la mitad, reposa en la esquina del escritorio. Antes que Eduardo tome el primer sorbo, Hugo agarra el revolver y le hace girar la nuez. Están mirándose a la cara, frente a frente sentados. No son amigos, nunca lo fueron, pero no se odian. Eduardo admite su admiración por Hugo, del que intentó aprender tantas veces. Hugo, siempre pragmático, añora la vida de éxitos de su compañero. En la esquina del cuarto está Victoria, de cuclillas mirando a los dos.

— Si la bala sale, quiero que sepas esto — le dice a Eduardo — Yo nunca imaginé conocer a alguien que mirara con la ferocidad que tú me miras. Hombres hay muchos, y pocos son distintos, pero tú fuiste uno de ellos para mí. Usar la fuerza y la pasión de esa forma tan delicada es un talento. Si la bala sale, te extrañaré más que a Hugo.

Eduardo la mira de reojo, serio y con el ceño fruncido. Se pone el arma en la sien y toma el resto del whisky. Con un gesto decidido, mira a los ojos a su compañero y aprieta el gatillo, abriendo un sonido distendido que suprime la tensión del silencio. Victoria cierra los ojos y sonríe con cierto placer. Hugo, por el contrario, agacha la cabeza y le acerca la botella a su compañero.

La mano del sobreviviente, que aún tirita, alcanza el Chivas de 18 años que Hugo le acercó. Abre la botella y la deja boca abajo sobre el vaso. Hugo recibe el doble y le da un sobro rápido. Victoria, que ahora se levanta, lo queda mirando firmemente, analizando cada movimiento que hace el hombre. Eduardo toma el revolver, gira la nuez y se lo entrega a Hugo.

— Si sale el tiro, debes saber esto — le dice Victoria a Hugo — Mucha gente se fija en lo material, lo superficial y lo mundano. Sean hombres o mujeres, siempre hay un dejo de vacío en las relaciones. Tú me gustas no por tu éxito, sino por cómo actúas tú con él. Pudiste haber sido un novio altanero, arrogante y egocéntrico, y fuiste todo lo contrario. Lo material entre los dos fueron solamente nuestros cuerpos. Si sale el tiro, no te extrañaré tanto como a Eduardo, pero te sufriré mucho más.

El hombre, a diferencia de su compañero, mira acongojado a Victoria. La ve radiante, como siempre, fina en su hablar y modesta en su forma de pararse frente a él. Toma el vaso de whisky y lo levanta como haciendo salud. Salud por él, su vida y su muerte y por Victoria, que es el nexo entre las dos. Toma el vaso completo y aprieta el gatillo.

Clic.

Victoria los mira a los dos, sentados frente a frente, esperando el segundo juego. Ya no son suyos como ella creía, no son de nadie, ni de ellos mismos. Están perdidos en el vaivén del juego, un poco mareados por el whisky, un poco tristes por el fin. Se acerca a ellos decidida, les toca el hombro y les sonríe. Hugo le alcanza el revolver, decepcionado. Eduardo, por su parte, le mira a Victoria el abrigo negro que lleva puesto. Mira especialmente el bolsillo izquierdo, que se abre como incitando a una nueva ronda. La mujer le entiende la mirada y saca del bolsillo una nueva bala, poniéndola en la nuez.

— Eduardo — dice Victoria — Si no sale un tiro, la suerte tuya puede significar algo. Algo más grande que tú y yo, algo que nos una por siempre. La suerte tuya es más fuerte que tu corazón, es más fuerte que mi paciencia. Si vives después del gatillo, podremos estar juntos para siempre.

Hugo sirve el doble y se lo pasa a Eduardo. Después de eso, se dedica a esperar, mirando siempre a su compañero. Esta vez, sin embargo, el revolver lo tiene Victoria, quien apunta a Eduardo a la cabeza. Al sentir el gélido metal en la sien, Eduardo cierra los ojos y se toma el doble de un sorbo. Lo traga rápido, intentando disfrutar lo máximo del licor en el menor tiempo posible. Su cuerpo le tirita y  su corazón explota en latidos. Con su mano busca sujetar la de la mujer, pero ésta lo esquiva y se aferra al arma con sus dos extremidades. Antes de que Eduardo pueda reaccionar, Victoria aprieta el gatillo cerrando los ojos. Silencio.

Hugo está pálido. Ve a su compañero ahí, cabeza gacha, respirando agitadamente, tiritando. Como una enfermedad altamente contagiosa, los síntomas ahora se empiezan a manifestar en él. Victoria consuela al recién sobreviviente y vuelve a girar la nuez. Eduardo reacciona lentamente, pues sabe que el juego continúa, y le sirve el doble a su compañero. La mujer vuelve a levantar el arma con sus dos manos y apunta a la sien de Hugo.

— Hugo — dice — Si el tiro sale ahora, debes saber que yo estaría siempre contigo. Si no sale, nos quedaremos los tres aún, sin nada que hacer excepto el último juego. Tú vida es más exitosa que la de nosotros, por eso me gustaría pedirte que la continues como corresponde. Sería un orgullo poder continuarla a tu lado, pero solo el juego lo dirá. Si sale el tiro, quiero que sepas que hubiese preferido quedarme contigo.

Clic. Silencio. Tensión.

Victoria está temblando, el tiro no ha salido y la botella del Chivas está casi vacía.  Cada intento por discernir ha quedado en nada, al igual que cada intento por amar y vivir con sus hombres. Las reglas del juego son claras, ella lo sabe y entiende que no es el mejor momento para traicionar su dignidad. Ve a Hugo a su lado, agitado, con el susto aún abriendo sus poros. Al otro costado ve a Eduardo, más tranquilo por su vida pero impactado por la suerte de su compañero. Ella sabe que no se odian, y no quiere que se odien, pero le decepciona un poco ver la frustración de cada uno al notar que el otro sobrevive. No era lo pretendido. Se desabrocha el abrigo lentamente y se lo saca, dejándolo botado en el suelo. Muestra su cuerpo desnudo, a los dos, como invitándolos a degustar un buen vino. Los dos hombres la miran pacientes y borrachos. Victoria muestra en su mano el último item que obtuvo de su abrigo antes de botarlo. La tercera bala. Antes de arrepentirse, pone la bala en la nuez. Ahora la probabilidad es escabrosa. 50 – 50. Vivir o morir. Es el último juego, el más decisivo. La mujer gira la nuez dos veces, para asegurarse que todo esté en orden.

— Mis hombres — dice — Mis queridos hombres. Son tan perfectos para mí. Son un complemento tan espléndido que ninguno puede difuminar al otro. ¿Con quién me quedo? ¿Cómo elijo al mejor, asumiendo que hay uno? La verdad, amores míos, no se puede. Aquí viene el último juego, al que no quería llegar nunca. La verdad, amo a ambos, por eso debo decirles que no pretendo elegir a ninguno. Si ninguno muere, no puedo vivir con los dos. Si no puedo vivir con los dos, prefiero no vivir. Este último tiro es para mí, y yo sé lo que saldrá. Está escrito. Quiero que sepan que, si todo hubiese sido distinto, los preferiría a los dos. Siempre. Espero que en vidas diferentes nos volvamos a encontrar.

Victoria toma la botella del Chivas y se toma al seco lo que queda. Respira hondo, tratando de tranquilizar sus latidos. Se pone la pistola dentro de la boca y lanza un suspiro de despedida. No alcanza a cerrar los ojos cuando su dedo índice se abalanza contra el gatillo, dejando a los dos hombres sordos.

Bang.

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