Vómito penquista

Vomitando en una esquina del centro de Conce noté que, si bien muchas calles suelen estar hediondas a meado de gatos y perros – espero que sean solo de gatos y perros – no están preparadas para almacenar una buena carga de vómito fresco. Es algo lamentable, porque a veces, con el choque del viscoso contra el suelo, salpicando los zapatos nuevos, mientras el eco de arcada retumba entre las paredes, se pueden formar imágenes interesantes, como si el escupo ácido fuese el resultado de una catarsis penquista, dejando atrás todo y cuanto odio tenga uno con su ciudad, toda purga emocional, incluso cuando esos sentimientos sean producto de ver tu propio reflejo en los ventanales.

Después de irme del lugar, sintiendo la mirada asquienta de por lo menos unas cinco personas que andaban cerca, clavándome sus ojos prejuiciosos como cuchillos de palo, dejando sus astillas en mí por todo un día de segundos cansados, vi un Concepción imponente, con sus edificios cobijando mi caminar, con su escala de grises cambiando como si fuera producto de un trip. Hasta el Mall del Centro me pareció lindo, tapando el sol al atardecer, reservándose el derecho de admisión, cuidándome de una sobre exposición a esos malditos rayos, enemigos declarados de las resacas. En fin, quizás esto solo fue el último tratamiento paliativo, pero Concepción fue un lugar, y lo digo con completa seguridad, excepcionalmente más bello después de vomitar en una de sus esquinas.

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