Tic Tac

Frío el plato de lentejas en la esquina de una mesa redonda
la niña puchero de brazos cruzados apenas jugando en su mente pronta
asqueando esa comida reseca del mediodía que no sabe ni huele a nada
(la glotis se le cierra a una nueva experiencia y al entusiasmo).
Dicen que hay una vida lejana que se necesita buscar, la ha escuchado,
si oyó mal no es su culpa, ella es niña de vestido azul
sin embargo merece esa vida, y algún día la encontrará en un matorral
o se le perderá entre palabras peyorativas, miradas feas y buitres negros.

Cerca existe un niño azul jugando en una calle de granos de arena
con un balón desinflado y los cordones deshechos por la fricción
– qué es eso – dirá en un par de segundos, mirando una luz que no existe
y se guardará una vida ajena por años en sus bolsillos mal cosidos.
No sabrá hasta los mediados de su ajetreada y drogada adolescencia
lo que esa luz en su bolsillo significa, no, porque no la ha visto aún
tampoco ha visto esa luz irse a negro, en un silencio que limita con la muerte
Falta tiempo. Falta vida. Esto recién empieza. El tic tac se hace escuchar.

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