Extracto de personaje: Laura.

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Extracto de una próxima novela.

El recreo de las nueve y media

Apología educativa en dos tiempos

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Ruleta Rusa

Es el turno de Eduardo. Hugo le sirve un doble del Chivas que, ya a la mitad, reposa en la esquina del escritorio. Antes que Eduardo tome el primer sorbo, Hugo agarra el revolver y le hace girar la nuez. Están mirándose a la cara, frente a frente sentados. No son amigos, nunca lo fueron, pero no se odian. Eduardo admite su admiración por Hugo, del que intentó aprender tantas veces. Hugo, siempre pragmático, añora la vida de éxitos de su compañero. En la esquina del cuarto está Victoria, de cuclillas mirando a los dos.

— Si la bala sale, quiero que sepas esto — le dice a Eduardo — Yo nunca imaginé conocer a alguien que mirara con la ferocidad que tú me miras. Hombres hay muchos, y pocos son distintos, pero tú fuiste uno de ellos para mí. Usar la fuerza y la pasión de esa forma tan delicada es un talento. Si la bala sale, te extrañaré más que a Hugo.

Eduardo la mira de reojo, serio y con el ceño fruncido. Se pone el arma en la sien y toma el resto del whisky. Con un gesto decidido, mira a los ojos a su compañero y aprieta el gatillo, abriendo un sonido distendido que suprime la tensión del silencio. Victoria cierra los ojos y sonríe con cierto placer. Hugo, por el contrario, agacha la cabeza y le acerca la botella a su compañero.

La mano del sobreviviente, que aún tirita, alcanza el Chivas de 18 años que Hugo le acercó. Abre la botella y la deja boca abajo sobre el vaso. Hugo recibe el doble y le da un sobro rápido. Victoria, que ahora se levanta, lo queda mirando firmemente, analizando cada movimiento que hace el hombre. Eduardo toma el revolver, gira la nuez y se lo entrega a Hugo.

— Si sale el tiro, debes saber esto — le dice Victoria a Hugo — Mucha gente se fija en lo material, lo superficial y lo mundano. Sean hombres o mujeres, siempre hay un dejo de vacío en las relaciones. Tú me gustas no por tu éxito, sino por cómo actúas tú con él. Pudiste haber sido un novio altanero, arrogante y egocéntrico, y fuiste todo lo contrario. Lo material entre los dos fueron solamente nuestros cuerpos. Si sale el tiro, no te extrañaré tanto como a Eduardo, pero te sufriré mucho más.

El hombre, a diferencia de su compañero, mira acongojado a Victoria. La ve radiante, como siempre, fina en su hablar y modesta en su forma de pararse frente a él. Toma el vaso de whisky y lo levanta como haciendo salud. Salud por él, su vida y su muerte y por Victoria, que es el nexo entre las dos. Toma el vaso completo y aprieta el gatillo.

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Roto

Han pasado 7 años desde que Alfredo se quedó entre el silencio y el abandono, sin compañía ni visitas imprevistas. Desde su casa, en un rincón del pasaje de tierra, justo antes del humedal, se le ve en ocasiones, barriendo el antejardín encementado con una escoba sucumbida por el abuso. No mira a nadie, no habla con nadie, sólo sonríe frívolamente a los niños que pasan corriendo hacia el humedal. Después de la sesión de limpieza, se entra a paso lento y se queda el resto de su día sentado en la salita de estar.
Dentro no hay nada, no tiene entretención más que lo que podría ser una biblioteca – una cantidad enorme de libros antiguos, tirados en un rincón sin orden alguno – y un televisor añejo de 14 pulgadas que apenas funciona. Por supuesto Alfredo no ve televisión, su aparato está ahí para simular la normalidad de un hogar, tal como él sobrelleva su propia existencia. Su vida transcurre en una burbuja de la realidad que lo rodea. Afuera ve la juventud corrompida por la delincuencia y la inmoralidad de sus actos. Escucha a lo lejos sus tratos y trata de recordar cómo fue que llegó a parar en un lugar como ése. La memoria no le falla. Siempre perteneció a esa población que lo vio crecer. Corrió por ese mismo pasaje en su niñez y compartió con el mismo tipo de gente en su adolescencia y adultez. Conoció a una mujer, se casó por amor y se enviudó bajo las mismas miradas de los mismos vecinos. Su casa era la misma hace más de 60 años, pero de casa no tenía nada. Su tamaño era más pequeño que el mínimo aceptable, sus suelos estaban notoriamente desnivelados y su decoración era tan pordiosera que hubiera sido más sugerente dejarla vacía. Hoy es peor. Las paredes de madera están roídas por las termitas cerca de la cocina, y podridas por la humedad en las esquinas del baño. Alfredo ve en esto un espejo más real que aquél que refleje su rostro. No necesita verse para darse cuenta que él también se desintegra con la humedad y las termitas, y que el fin de su hogar será el suyo también.
Cuando llega la noche, va hacia el arsenal de libros y polvo que conserva y elige uno. Se lo lleva a punta de hojeo a su dormitorio y se dedica a leer. No hay nada más que pueda hacer en su dormitorio, teniendo sólo una cama de 1 plaza y una lámpara encima de un soporte de madera que no alcanza a llamarse velador. Lee de todo, sea literatura, poesía o cualquier hoja que se catalogue como miscelánea. Hoy lee acerca de los lagos de Chile, quizás el único libro medianamente nuevo que tiene. Lo encontró en la feria del libro usado el año pasado. Hizo una oferta con los únicos billetes que encontró en su bolsillo y el vendedor, quizás por lástima, le concedió la compra. El libro es meramente turístico, pero para Alfredo es un viaje por todo su país que nunca conocerá. Se ha adentrado hasta el fondo por el Caburgua y el Llanquihue a tal punto que los conoce tanto o más que cualquier turista; pero esas aguas turquesas, impresas en alta definición en el papel plástico, le recuerdan que ante sus ojos pardos, esas imágenes desaparecerán con un eterno fading-out hasta que todo sea negro. Ni siquiera le importa conocer o no las aguas y los parajes en persona, ya es tarde para eso y lo tiene totalmente asumido. Pensar en su muerte es algo trágico pero inevitable, y preguntarse lo que pasará entonces es rutina de cada día. Siempre ha congeniado con la idea que todo simplemente se acaba, siendo aquello lo simple de la naturaleza: que saber hablar y pensar no nos aventaja del resto de los seres vivos e inertes que habitan nuestro universo. Somos animales, somos nada, somos minúsculos y grandiosos a la vez, y de la misma forma desaparecemos, siendo nada y todo coetáneamente. Alfredo no necesita toda una vida para concluir esto, lo ha cavilado desde que tiene sentido de la memoria, pero necesita una vida entera – especialmente un final de ella – para dudarlo. ¿Qué pasará al desenlace? No descarta su teoría, ni piensa hacerlo, sigue teniendo la inmensa mayoría de su aceptación, pero cuando los segundos finales ya empiezan a contarse uno a uno, es imposible no titubear. Sin embargo, no le queda más que esperar lo que suceda, y que sea suficiente para poder sonreír en el último suspiro.
Al terminar la sesión de lectura de la noche, se levanta de la cama, vuelve al montón de libros y deja el actual encima de la pila. Luego vuelve a su dormitorio y duerme profundamente. Aquella mísera rutina basta para terminar el día con un agobio estremecedor. Los años pesan.
Tiempo atrás era todo tan diferente. En su periodo conyugal, salía en bicicleta por las mañanas con su esposa, no lo suficiente como para considerarlo un ejercicio pero sí para considerarlo un paseo novelero. Vivir un matrimonio verdadero era su primer pilar, su norte, considerando que no iba a tener hijos nunca. Su esposa tenía problemas uterinos – según explicaba el doctor – que hacía imposible gestar descendencia. Por supuesto la adopción era tan utópica como concebir, pues los recursos no sólo eran limitados, sino que escaseaban totalmente por muchos lapsos. Afrontar el reto de un sueño derruido fue lo más difícil que a Alfredo le correspondió vivir, incluso más difícil que lidiar con la enfermedad que terminó por dejarlo viudo. Un hijo, descendencia, compartir su sangre y educar, fue un proyecto necesario que nunca pudo cumplir. No era por amor exclusivamente, ni por la tediosa y trivial concepción de familia, sino por orgullo. Un hijo era su linaje, y aunque Alfredo no le daba importancia al apellido – menos al suyo que era tan vago –, el linaje era el símbolo máximo de la evolución. Por lo menos así había sido educado. Si es que tuviéramos una misión en estas tierras de maldades – pensaba Alfredo –, esa era criar un hijo y hacerlo mejor que uno.
Hoy piensa más en el hijo que nunca tuvo que en su esposa. Con todo el dolor que su duelo le haya causado, nada supera la angustia de no haber ampliado su prole.
Ana, su esposa, contrajo el lupus cuando tenía 42 años. Los doctores no pudieron hacerle entender lo que significaba esa enfermedad, así que Alfredo, como es todavía su estilo, recurrió a los libros. Cómo no tener en casa alguna enciclopedia médica. Sí tenía, pero ninguna hablaba de esa enfermedad. Recorrió la ciudad completa hasta encontrar información legible sobre lo que los doctores llamaban lupus. Ana, por su parte, fue dada de alta semanas después de su primera intervención, con medicamentos para contrarrestar los ataques autoinmunes que finalmente terminaron por quitarle la vida en el otoño de 1998. Para Alfredo, verla consumiéndose con el tiempo fue su mayor prueba de amor. Debió quererla mucho como para no desbaratarse con la imagen de su mujer, una vez la hermosa inspiración que era para él, ahora purulenta por los estragos de su enfermedad. Ana tenía los ojos idénticos a su esposo, era como verse a sí misma, amarlo a él y amarse a ella simultáneamente. Tenía el pelo castaño y estatura considerablemente baja. Al pasar los años de decadencia, sus ojos se fueron desorbitando por la depresión, su mirada compasiva se transformó en una muda exclamación de auxilio, y su piel se fue sazonando como una verdura oxidada con el aire. Alfredo todavía habla con ella. Le pregunta cómo está, dondequiera que esté, si es que está en algún lado. No pretende comprarse el cuento que ella lo escucha, pero no pierde nada con intentarlo. Le habla de su día a día, sabiendo que siempre cuenta lo mismo. De vez en cuando da un suspiro nostálgico y le promete que falta poco para que estén en el mismo lugar, ya sea en el absoluto o en la ausencia total. De cualquier forma estarán juntos. Al terminar la conversación se despide diciendo que la ama, y que le agradece por haberlo amado. De vez en cuando hasta le pide disculpas por haberle hecho tan difícil la tarea de aguantarlo, entonces le agradece aún más, pues nadie más pudo.
No obstante, hoy no lo hizo, sino que visitó el Pollux, a su parecer el lago más importante del extremo austral. Se sintió turista pescando truchas y acampando en tiendas rústicas, viendo un atardecer sureño bajo el frío puelche. El viaje fue tan real que se agotó de tanta imaginación. Se durmió de inmediato al terminar. Ana se le apareció en el sueño. Estaba vestida de gala, con su pelo suelto finamente peinado por sobre sus hombros y su mirada coqueta aun radiando jovialidad, esa que mantuvo hasta que la noticia de su enfermedad empezó por matarle la psiquis. La veía como se ve a él mismo, a pesar de su realidad, joven y digno. Ella tomaba un Martini seco, nadando en una copa elegante que hacía juego con sus pulseras de plata 950. A su lado tenía un vaso de borbón triple, sin hielo, reposando en un estante de nogal, pulcramente aderezado. Ana lo miraba directo, invitándolo a degustar el trago añejado en barricas de roble americano, sin soltar en ningún momento su copa conoidal con la oliva verde medio cuerpo afuera. Se veía sensual en su vestido color blanco invierno. Sin perder ni una pizca de decencia, se le abría una pequeña rajadura por el costado del muslo, dejando un mínimo de piel al descubierto y un total de imaginación a punto de estallar. Sus ojos pardos se aclaraban con la luz de la sala, incluso se notaban miel desde lejos, y por nada del mundo se despegaban de los ojos de Alfredo. Así le gustaba su mujer, sólo para él, mirándolo de frente, directa y sencilla, sin secretos recónditos ni caminos adversos. Era su mujer tal y como la recordaba en sus mejores tiempos, impredecible pero fiel, sensual pero delicada. A pesar que no era una mujer frágil, en simular endeblez estaba su mejor carta, su apuesta de seducción. No había hombre que no se atrajera, aunque sea un poco, con esa femineidad que otorgaba su fragilidad. Alfredo no era la excepción, y a pesar de discutir siempre por el nivel al que Ana llevaba su arte de seducción – a veces extralimitando la delicadeza y femineidad hasta una derecha inutilidad –, en el fondo sabía que era ese rasgo en particular el que lo enamoraba todos los días, irreversiblemente.
La dignidad iba de la mano con la moral. Hablar de sexo, por ejemplo, era un tema únicamente destinado a la intimidad del dormitorio. Al igual que los problemas conyugales, las conversaciones se gestaban entre ellos dos, solos en confianza. No existían mejores amigas ni amigos, ni psicólogos ni sacerdotes. Nadie podía inmiscuirse en la vida matrimonial, especialmente sexual, de ellos dos. En su vida de pareja, nunca tuvieron dilemas biológicos, como para necesitar intervenciones ginecológicas ni urológicas, por lo que no habían más opciones para excusarse de hacer una consulta extramatrimonial.
Alfredo luchaba por su clase, no necesitaba tener billetes ni departamentos en Vitacura, lo sustancial era no caer dentro del abismo en el que el resto de su generación había caído. Es más, tampoco vanagloriaba a sus pares ricachones, se sentía incluso mejor que ellos, más clasista que ellos, más digno que ellos, y todo aquello viviendo en la mismísima pobreza. Era un roto, como el mismo se decía, un pobretón, pero no un desdichado. Jamás iba aceptar ser una escoria. Miraba en menos, decididamente, a sus vecinos, a los hijos y a los nietos de los mismos. Sentía lástima y altanería, y cada vez que la realidad amenazaba con sobrepasarlo, se volvía de lleno en alguno de sus libros, inmiscuyéndose en alguna historia incandescente de García Márquez, o en un poema lárico de Teillier. De la misma forma, cuando llegaba el verano, salía a pasear junto a su esposa en alguna locación de su Chile querido que nunca llegaría a conocer en persona. Los libros lo rescataban del asilo de la población, y aun sumergido en el aroma a pasta que provenía del humedal, dónde se refugiaban los más jóvenes, Alfredo sentía el olor a sur forestal o, por el contrario, el apaciguo del norte desértico. Todos esos onirismos eran los que se mezclaban en un solo sueño cada noche. Hoy todos se transformaban en la imagen de su esposa, radiante frente a él, seduciéndolo con su mirada altiva e invitándolo al placer de un buen trago acompañado de su perfume selvático.
Al despertar, Alfredo se levanta ensimismado de su cama, estira las sábanas y abre la única ventana que ventila el dormitorio. Sale de ahí arrastrando sus pies todavía cansados y va a la cocina a comer algo. Comúnmente no encuentra mucho, un poco de pan en el refrigerador, intentando perdurar más de los días permitidos, y un poco de leche. Tuesta el pan lentamente y se lo devora con precisa impaciencia, acompañado de un vaso de agua o la misma leche, si los ánimos lo acompañan. Al término del desayuno, se ducha en la pocilga que tiene como tina, con nada más que el agua a la temperatura que prefiera salir, y luego se viste como un caballero, con una camisa blanca antigua pero conservada perfectamente, con todos sus botones intactos y originales y su cuello aún duro como de fábrica. Se pone un pantalón beige relativamente normal, y termina su tenida con un bestón azul marino conservado casi perfectamente, excepto por un pequeño detalle deshilachado cerca de la axila izquierda. Tiene más ropa, pero nunca sale con otra que no sea su tenida preferida. Va entonces a la feria, compra verduras frescas y un poco de frutas. Una vez a la semana viene el hermano de Ana. No se llevan bien, pero la mujer ordenó que su hermano debiera cuidar económicamente a su marido, aunque sea un poco, cuando ella no esté. Él trabaja, es considerablemente más joven, y aunque no derrocha dinero, tiene como para darle un poquísimo a Alfredo. Esa limosna le alcanza para comprar la comida del día, y un poco de carne magra el fin de semana. Alfredo detesta que le hagan ese acto obligatorio y cínico, pero ya no tiene fuerzas para discutir ni para obviar que necesita el dinero. Su orgullo y altanería no le quitarán el hambre. Maneja su hipocresía tan bien como el hermano de Ana, se saludan con una sonrisa elaborada, conversan un par de palabras, y en menos de 15 minutos se despiden raudamente. Alfredo guarda la mitad de lo que le dan para libros y el resto lo ocupa en comida para la semana. Para qué hablar de los servicios básicos. No tiene luz, pues no la ocupa. De día la casa se ilumina completamente, y de noche lee a la luz de una vela por los minutos que sean necesarios. Luego duerme. El gas lo compra en balones de 15. Lo ocupa sólo para cocinar, así que por lo menos una vez al mes debe abstenerse de comprar un libro, y ahorrar el dinero para el gas. El agua la tiene contratada del servicio estatal, pero gasta sólo en la ducha militar de la mañana, lavarse las manos un par de veces y cocinar. A pesar que ha tenido el servicio cortado muchas veces, normalmente es capaz de mantenerlo con lo que tiene. Si fuera por la cocina, le hubiese encantado hacerse delicatesen. De su único libro de cocina internacional ve platos que le activan el apetito y la energía, como si fuera un joven otra vez. Se deleita viendo las presentaciones de los gnoquis en salsa primavera – tan simples y tan exquisitos –, de un rico gazpacho español o una fondue de queso para el frío invierno. Se conforma, de todas maneras, con sus fideos comunes y corrientes, su arroz con vienesas o, en el mejor de los casos, su bistec a lo pobre un sábado en la tarde. Le basta para sobrevivir y abatirse lentamente hasta que ya no pueda más. En el fondo eso espera, y aunque lucha por vivir un día más, está cansado. Quiere estar con Ana, quiere tenerla cerca, sentir su respiración y su risa atolondrada. Quiere abrazarla y proteger sus debilidades. Quiere, por sobre todo, verla meciendo a su hijo. Quizás en ese lugar inexistente donde vayan a parar los dos, puedan concebir su mayor sueño que la vida les arrebató. Puede que solamente sea un hijo imaginario, tal como sus viajes por los libros turísticos. Lo educará y lo hará evolucionar con la misma dedicación que un padre cría a su hijo real. Podrá respirar el aroma dulce de su cabello azabache con la misma emoción que una mamá aprovecha la muda de su hijo para amarlo. Por sobre todas las cosas, procreará una nueva alcurnia, desde lo más bajo de la generación, dedicada a poner la clase y la educación por sobre la indecencia de su generación. Su hijo podrá ser un roto, igual que él, igual que su madre, pero teniendo un padre de verdad, jamás será un desdichado.
Desde hace 7 años que viene planeando al hijo de sus sueños. Otra vez.

La cruel historia de Román y Erasmo

Te contaré una historia. Es la historia de dos hermanos que, al fallecer su padre, pelearon hasta la muerte la vasta herencia que les quedó. Uno de ellos era Román, el hombre amador de la naturaleza, el defensor de los animales, el sentimental por excelencia. El otro era Erasmo, el trabajador esforzado, el de la rudeza masculina. Ambos ansiaban los cientos de bienes que su padre había conseguido en una entera vida de sacrificios: Casas, terrenos, dinero, automóviles de lujo. Desde pequeños que no se llevaban bien. Erasmo, el menor, siempre se jactó de su temprana fuerza bruta, mientras Román lo hostigaba con su intelecto superior. Peleaban por lo que viniera, y las peleas nunca tenían un ganador; eran simplemente dos opuestos exactos cuyo resultado era la neutralidad. Al morir el padre, el testamento que había dejado nunca se encontró. La pelea terminó en algo trágico: un hermano mató al otro. ¿Quién fue? Dime tú. ¿Fue Erasmo? Él era el fuerte, pero Román era el inteligente. ¿Quién murió entonces?

Román amaba los animales, y una de las herencias del padre era un gato viejo, ya en sus últimos años, que casi no veía, pero que en las noches maullaba de dolor. Erasmo, desde niño, siempre lo odió. Dejaba pelos en todos lados, y entraba curioso a lugares privados cuando nadie lo llamaba.

Sí, es verdad, Erasmo mató al gato viejo, no quiso codearse herencias inútiles con su hermano así que tomó un florero barato de la estancia y lo quebró en el animal. Luego lo hizo desangrar al filo de los trozos sobrantes. ¿Era Román capaz de vengarse? Sí, es verdad también. Román era sentimental, por lo mismo era muy obvio que sintiese odio. Román mató a Erasmo.

Pero en realidad las cosas no sucedieron así, la historia que te acabo de contar fue un sueño de Erasmo. El hombre, afligido, soñó que su hermano lo mataba por la herencia de su padre. Al despertar, llamó a su padre, aún viviendo, y le contó lo sucedido. El padre los llamó a cenar a los dos.

Ya en su casa, Erasmo y Román cruzaron miradas y abrazos fríos. Erasmo confiaba en la naturaleza extraña del sueño y fue preparado para cualquier cosa. Fue ahí, frente a la mirada del padre, cuando Román tomó el florero de la estancia, y Erasmo, en una reacción enloquecida le disparó con un viejo revolver que había sacado de su casa. Erasmo mató a Román.

De hecho, esa fue la declaración del padre hacia la policía, cuando lo arrestaron por asesinato múltiple. Pero él no los mató. Erasmo fue, y luego se suicidó. De todos modos esto no sucedió porque todo fue un sueño mío. Yo soy el padre que soñó un sueño de su hijo, y hoy vendrán Román y Erasmo a cenar.

Delirio en Fa

Hube pestañado no más que dos veces antes de los primeros dulces frotes del cuarteto de cuerdas. Mi amiga Adela, sentada al lado mío, comenzó a sonreír y sonrojarse junto con la melodía. Sin duda era Ravel. Su estilo detallado, vehemente, único entre muchos, retumbaba con delicada mesura en las blancas paredes del teatro. Sentía cada violín como si fuesen mis propias venas; el gentil sonido de la viola como un ángel protegiéndome; el opaco estruendo del violoncello como el viento en un valle. Los ojos se me cerraban, no por cansancio ni por relajación, sino por obligación. Sólo mis oídos y mi piel estaban dispuestos a sentir las vibraciones de la música. Por un momento sentía la respiración de Adela, a los segundos ya no estaba. Era yo solo, yo y los motivos sensacionales en trémolos de cuerdas. Al principio la melodía era calmada, un poco melancólica. Luego, al calentarse la pecantilla de los instrumentos, el tema dio un vuelco inesperado, volviéndose cálido y sumamente triste, con una intensidad que enervó mis sentidos al máximo. Yo, sumergido en mí mismo, pude hasta sentir los latidos nerviosos de los intérpretes, pude valerme de su alma para acariciar la mía. Sentí el vaivén armonioso de corcheas y blancas penetrando por mis poros y, con suavidad, quedándose dentro, durmiendo en mi interior. Los minutos pasaron veloces sin siquiera notarlo. El primer movimiento se apagó y yo, un tanto frustrado, abrí mis ojos y miré alrededor. Los músicos cambiaban la página de la partitura en sus atriles. El público, por su parte, sólo atendía a esperar paciente. Adela no abrió sus ojos sino hasta que terminó de saborear la música en su paladar, con una sonrisa increíblemente lujuriosa. Me miró con un gesto alegre, y yo la miré a ella. No dijimos nada, pues no era necesario ni adecuado hablar.

Ravel comenzó a sonar de nuevo. Esta vez cambiando el apacible frote de cuerdas por el pellizco de ellas a un ritmo bastante más acelerado. Cerré mis ojos de nuevo y me dejé llevar por la carrera musical que llevaban los músicos. Me sentí ligero en un mundo de colores y sabores, recorriendo sus muros serenos y calles quietas. Adela estaba conmigo, llevándose consigo cada suspiro que yo daba. La sentía divina, tocada por la mano virtuosa de Ravel, y un tanto lúcida, pues me miraba directamente a los ojos mientras escapaba de mí. Ella se perdía en cada fotograma de colores, en cada ángulo siniestro y mordaz, pero nunca dejaba de sentirla. Al cabo de un rato, me sentí yo divino, con una sensación de preciosidad que se me asemejaba a la felicidad eterna, bañada en paz y hermosura; un nirvana sublime. Cada frase aguda cantada por el primer violín, las armonías susurradas por la viola y la base firme pellizcada por el violoncello me produjeron mayores y más nítidos colores, y además una más clara visión de Adela corriendo delante de mí, escapando, jugueteando, delirando conmigo. Sólo fue hasta que los pellizcos acabaron y el tempo volvió a bajar, cuando comencé a saborear la acidez en mis labios. Fue un sabor que me forzó a olvidar a la mujer por un segundo y concentrarme de lleno en el gusto, tenue en la punta de la lengua, pero fornido por los costados. Un dejo que se impregnó en las paredes de mi mandíbula, secretando, como toque final, un dulce trago que bajó por mi garganta, que para ese entonces moría de sed.

Ravel me hablaba, de una forma quizás un tanto precaria, pero sentía su voz aclamando verdades que sólo él percibía, murmurando ideas que sólo él concebía y, con un atisbo de dulzura, compartiendo las emociones más profundas e indescriptibles que él sentía, todas ellas conmigo. Esto, no obstante, no significaba nada para mí, pues en el fondo sabía que estaba siendo llamado a traspasar estas emociones. Por eso miré a Adela, la vi preciosa, parada al lado mío, borrosa dentro de un fugaz humo marrón que lentamente cambió a un tono verdoso. La vi quieta, con una mueca sencilla, como expresando inocuidad. Una inocencia que perduró por unos segundos, para luego cambiar, junto con el inicio del tercer movimiento, a una serenidad apasionante. La figura de la mujer era perfecta acompañada por el cuarteto, especialmente por los sonidos bajos del violoncello, explayando con gracia la pizca de madurez y conocimiento que Adela había conseguido luego del jugueteo del movimiento anterior; del scherzo. La veía ahora en la ciudad, caminando en la realidad de un día soleado, de colores simples y fuertes, que brillaban junto con los trémolos y se opacaban cuando los bajos volvían a adquirir fuerza. Con el sutil cambio de tonalidad, comencé a sentir la lluvia caer sobre mi cabeza. Con ella, la saliva se me volvió amarga, pero esa incomodidad pareció gustarle a Adela, quien se acercó a mí, cambiando el tono del cielo de celeste a anaranjado. El gusto amargo en mi boca me comenzó a agradar, al tiempo en que la música subió la intensidad junto con mi corazón. Estábamos la mujer y yo abrazados, danzando al son de los violines, frotando nuestros cuerpos al ritmo del frote de los instrumentos, cambiando los colores de nuestro alrededor y los sabores de nuestros paladares. Nos quedamos disfrutando el momento los dos, bajo la lluvia, hasta el fin del movimiento, cuando el último acorde dejó de sonar.

El cuarto y último movimiento comenzaba desesperado, irritante y un poco forzado. Sentía el olor a frutas de campo, entre ellas el olor dulce de una higuera, cuyas hojas caían bailando. Adela se me perdió por un segundo, mas eso no me preocupó. Olí los higos, algunas veces secos y otras veces maduros, transformaciones siempre dictaminadas por el estruendo del cuarteto. Sentí el viento en mi cara y empecé a caminar por el blanco eterno del huerto de aromas. A medida que me acercaba a los arbustos, y cuando la música se desesperaba, podía incluso oler las naranjas, una fragancia cítrica que irritaba mis sentidos aun más. El blanco, entonces, volvió a transformarse en marrón, súbitamente, para luego pasar a gris, y más tarde a un avasallador color negro que tapó toda mi visión. Palpé mis alrededores con las manos y no encontré nada, intenté escuchar la respiración de Adela, pero no la hallé. Como última medida, tragué un sorbo de mi propia saliva, ahora insípida, e inspiré con todas mis fuerzas, sin encontrar perfume alguno. Quedé en el silencio absoluto por unos segundos que se me hicieron vitales. De pronto, una mano temblorosa tomó mi mano y me abrió los ojos. En ese mismo instante el público empezó a aplaudir a los músicos de pie. Adela aplaudió a mi lado, con una expresión de satisfacción inmensa en su rostro. Yo la observaba, con los ojos nublados en lágrimas, por un buen rato mientras ella aplaudía. Cuando el público calló, la mujer me acechó, olvidando su exaltación por completo. Nos quedamos mirando unos segundos, ambos entendíamos lo que había pasado, lo que habíamos sentido: Una emoción mutua tan fuerte que unía ambos pensamientos en uno solo, en uno maravilloso. Ravel nos había hablado a los dos, nos había sentenciado su forma de vivir en menos de media hora, nos había unido con viveza por medio de nuestros sentidos. Había, sin más que agregar, unido nuestras almas dentro de una sola, creada bajo la firma del virtuoso. Adela desvió la mirada y sonrió otra vez. Sólo luego de un tiempo, tomó aire y me dijo:

— Ravel, ¿ah? — Se levantó del asiento sin mirarme. Yo la seguí sin perderla de vista. Al momento dio la media vuelta y clavó sus ojos en mí — Fue increíble — Me dijo, y salimos del teatro.

Desde entonces que estamos juntos, todos los días intentando describir la forma en que sentimos, el dilema en el que vivimos; sin poder siquiera acercarse a lograrlo, mas sabiendo que la experiencia fue recíproca, pero que ninguno entenderá jamás la versión del otro.

El Almendral

Hubo sólo un momento en que Hugo Tausiet dudó. Dentro de la antigua boutique, que ya esos años comenzaba a cerrar, había dos pisos. El primero constaba únicamente de la frontal de ventas y la sección trasera donde estaba el dormitorio de los dueños. Arriba, descansaban las camas más antiguas de la ciudad, adornadas de trapos sucios y viejos que en más de treinta años nadie había tocado. Luego del fin de la escalera, recaía el pasillo acompañado de tres cuartos. El último dormitorio estaba al fondo, donde la pared se perdía en las sombras, y era el único lugar visitado en los últimos años.  Hugo Tausiet caminaba en el pasillo del segundo piso, erguido completamente, como alentando las pasiones. Abajo había silencio, nadie lo acompañaba. A pesar de que no era una situación escalofriante, fue difícil lograr abrir la primera puerta. Desde pequeño que conocía la boutique, pero nunca la visitó. Antes de entrar recordó la plazoleta donde jugó sus años infantiles más bellos, previo a conocer el mundo. Recordó sus arrancadas en bicicleta por las calles principales de la ciudad, en tiempos en que la industria aún no había llegado al país. Aquellos eran su mejor recuerdo; el tiempo cuando conoció amigos que hasta el día de hoy nunca los olvidaría.

Nació en Francia, al igual que su familia entera, pero por razones que él jamás entendió tuvieron que marcharse. Tarde o temprano, los parajes lo establecerían a dos cuadras de la boutique, en el preciso lugar donde en algún tiempo se plantaron los girasoles más grandes que la nación haya visto. Sus padres lo acompañaron toda su vida. Lo criaron, le pagaron estudios fallidos, lo insertaron en el mundo laboral y lo terminaron dejando a la suerte cuando nada en él funcionó. Lo amaban, pero en algún momento se dieron cuenta que él debía hacer las cosas de la vida por su cuenta. En eso quedaron cuando de a poco fueron partiendo, primero el padre y luego la madre; ambos ya en su hora.

Con un pañuelo de seda en el hombro, por costumbre, Sofía Noguera se arrimó los vendajes del vestido negro, se impregnó el agua fresca olor rosas rojas y salió del hogar. Llevaba tacones altos para evadir su baja estatura y un arreglo en su castaño pelo crespo que caía por sus hombros. Dejó a su familia durmiendo en casa al momento en que llegaba a la fiesta de recepción del nuevo alcalde de la ciudad: Fernando Ulises Moya. Sabiendo que el hijo iba a estar presente, Sofía Noguera preparó también su pequeño frasquillo de jarabe para el aliento y se lo guardó disimuladamente en el sostén. La ceremonia había ya terminado y los jóvenes presentes con sigilo estaban ya en la pista de baile; bastó un movimiento y todos, junto a Sofía Noguera comenzaron a galantear.

Darío Moya, el hijo del alcalde, no tuvo que trabajar para cortejar a Sofía Noguera. Supo desde el primer momento en que llegó a la fiesta que ella era la muchacha más bella, más escultural y con el mejor vestido y maquillaje de la velada. Sabía también que era mucho mayor, pero no le importó. Quiso hablarle, pero Sofía Noguera estaba tan decidida que tomó primero la decisión y por detrás le tomó la mano. El tiempo voló aquella noche lujuriosa que luego iba a ser la base de una relación eterna.

Hugo Tausiet abrió la puerta del primer cuarto en el segundo piso de la boutique. Dentro, se respiraba todo el aire densamente comprimido, lleno de polvo y cajas arrumadas de quizás qué año. Las telarañas secas advertían que ni los insectos sobrevivieron al escarmiento del tiempo. La ventana no daba a la luz porque había sido tapada con tablas de madera, ya podridas, debido a las jugarretas de los niños que en el presente eran ya adultos consolidados. Había una cama, aún con su colchón ahora hediondo a humedad, y con los fierros de su esqueleto oxidados. En la esquina, un velador vacío en buenas condiciones y una silla. Hugo Tausiet caminó hacia la silla y se sentó, esperando a los segundos. Su espera no fue duradera, en efecto, la mano que esperaba cayó en su hombro. Atrás reposaba Iván Bertolucci, el cellista que conoció hace años en la universidad. Era pálido, de ojos café y pelo negro, alto y de manos largas. Llevaba un chaleco rojo y unos pantalones rayados. En su mano derecha sujetaba un pedazo de madera con el barniz corroído y las puntas gastadas.

—     Un gusto volver a verte — susurró Iván Bertolucci — Ni te imaginas lo que he vivido estos años.

—     Espero que te haya ido bien — Dijo Hugo Tausiet. Miró la mano del joven y habló sin perder la vista — ¿Qué ha sucedido?

—     No lo sé — Respondió el hombre — Lo he perdido.

Ya con el paso de los años, los hijos, la presión, la rutina y el cansancio; Sofía Noguera hacía los deberes de la casa, con ánimos de sólo terminar. Sus hijos estaban en la escuela, su esposo, en el cotizado trabajo legal. Aún guardaba y recordaba su vestido negro, su jarabe para el aliento y sus tacones altos, los admiraba por lo menos una vez al mes mientras se enrizaba el cabello, lo único juvenil que le iba quedando. La ciudad, así como ella, había cambiado. Ya no podía ir al cine en el centro, el único que había, pues hoy sólo existían tiendas de buen vestir, y no era que no le gustaran, sino que tarde o temprano extrañaba sus antiguos placeres. Su esposo se mantenía ocupado en el trabajo, con poco tiempo para su familia. Se veían, todos los días, pero no era lo mismo, siempre priorizaron más el descanso que el contacto. Cuando él dormía, ella lo examinaba, buscando rastros de amor perecidos. Cuando ella dormía, él la observaba en busca de rasgos juveniles en su rostro y cuerpo, aparte del cabello.

Darío Moya regresó, como todos los días, a la hora en que sólo el sueño podría dominar los placeres. Su esposa lo esperaba en la cama, leyendo crónicas de hombres sin importancia y con un vaso de néctar natural que todos los días ella preparaba, con esperanzas de tomarlo junto a Darío Moya. El hombre se sentó a la orilla de la cama, en silencio, se desabrochó los zapatos y se acostó en camisa. Esperó paciente a que la mujer descansara la vista apoyada en el libro.

—     Te preguntaría cómo estuvo el día — Dijo.

—     ¿Pero? — Respondió ella, mirándolo a la cara.

—     No es lo mismo si no me recibes con ánimos.

—     Estoy cansada, lo siento — Bostezó Sofía Noguera — No pidas tanto. Los niños ya están durmiendo, la comida está hecha y tengo sueño.

—     ¿Eso es todo? — Preguntó Darío Moya, desanimado.

—     Es todo.

—     Tengo algo que contarte.

—     Dime — Sofía Noguera se dio vuelta, cerró los ojos y se olvidó del asunto. No era tiempo para escuchar cosas importantes. Darío Moya tomó un respiro y esperó que se  su mujer durmiera. Pasaron unos minutos en silencio. De pronto, susurró:

—     Nos cambiamos de casa.

Era triste: aquel trozo de madera que hace un año fue un hermoso arco de violoncello estaba despedazado. No tenía la trenza de crin ni el adorno tallado que estaba grabado en la punta inferior. Aun así, parecía estar bañado en pecantilla, como si Iván Bertolucci no se diera cuenta que su arco había muerto.

—     Lo perdí, Hugo — Dijo el cellista.

—     Debe estar en algún lado — Hugo Tausiet dio un vistazo alrededor, pero no había nada donde buscar. Resignadamente, volvió los ojos al palo de madera — Seguramente no en esta casa.

—     Búscalo por mí — Imploró, tímidamente — Te lo ruego.

—     Lo siento — Dijo Hugo Tausiet — No me corresponde.

Parecía que de repente un haz de luz radiaba por pequeñas perforaciones en las tablas de la ventana: la tarde estaba cayendo. Hugo Tausiet se levantó de la silla y caminó hacia la puerta con pasos cortos. Se detuvo dos segundos con la cabeza gacha y la mano en el pomo. Esperó una señal de ayuda de Iván Bertolucci que nunca llegó, entonces abrió la puerta y dio la vuelta. Ahí estaba aún el tímido joven cellista, con su cachemira roja y sus pantalones negros con rayas blancas. Casi por primera vez lo miró a la cara; le sorprendió su palidez y su aspecto de susto crónico. Era como un enfermo andante, sacudido por las mañanas y las tardes de unos días sin sentido. Le sonrío por cortesía.

—     Por favor entiende — Le dijo — es tu deber encontrarlo.

Por razones de nerviosismo, comenzó a mover lentamente la puerta, hacia dentro y hacia fuera, como intentando hacer reaccionar a Iván Bertolucci. El instinto no funcionó, había que intentar algo más evidente. De todos modos, Iván Bertolucci caminó lentamente, mirándose los pies, hacia Hugo Tausiet. En su andar se notaban los problemas en los huesos desgastados, los músculos agotados y los nervios consumidos. Era una imagen de profunda tristeza sin razón, pero que se transmitía de ser en ser. Al llegar donde Hugo Tausiet, el cellista miró de frente a su amigo y le sonrío, siguió caminando y salió del cuarto. Le tomó un par de segundos dar la vuelta para continuar la marcha, mientras susurraba oraciones incomprensibles.

Hugo Tausiet lo detuvo con un pequeño grito que sólo retumbó en las paredes cercanas.

—     ¡Iván! — El joven se detuvo sin mirarlo — ¿Qué es la música para ti? — Iván Bertolucci reanudó su pasó, sin mirarlo, pero aún con la sonrisa marcada — Es mi vida — Susurró.

Ya habían volado tres años desde la mudanza de Sofía Noguera y Darío Moya a la nueva casa. Era una casa antigua, con una fachada destruida, pero que con un poco de esfuerzo iban a reestablecerla por completo. Quedaba justo en la esquina de Aquino y El Almendral, siendo esta última la avenida principal de la urbe. Un poco más allá estaban las casitas que habían acompañado en antigüedad al desarrollo de los edificios modernos, los centros clínicos, los parques de diversiones, los centros de llamados y los grandes supermercados. Todo un desarrollo que la nueva estructura, donde vivía Sofía Noguera, había visto. También quedaban cerca las farmacias y las pequeñas verdulerías que sobrevivieron al sistema gracias a los altos precios en los supermercados. No corrieron la misma suerte las carnicerías, pero nadie las extrañó, pues no había nada mejor que el vacuno y el cerdo extranjero. La ciudad ya era grande, y por esa misma lógica, se firmó un acuerdo político en que quedaba prohibida la destrucción de las construcciones más antiguas, por respeto a la historia y las tradiciones. El acuerdo político fue firmado por Fernando Ulises Moya en sus últimos meses de trabajo, cuando ya su mente comenzaba a flaquear. No fue un acuerdo con intenciones personales, como muchos creyeron, pues el alcalde en ningún momento supo de las intenciones de mudanza del hijo; ni tampoco los por qué.

Darío Moya estuvo toda la tarde encargado del aseo de la casa, dándole un privilegio a su mujer, mientras ella se dedicaba únicamente a la cocina, tarea que ni aunque quisiera el hombre hubiese podido hacer. Los niños ya estaban más grandes y tenían futuros planeados. Tanto Sofía como Darío sabían y asumían que les quedaba poco tiempo con ellos en casa, que luego se irían a vivir su propia felicidad y desdicha, cada uno por su lado. Aquella era la triste verdad.

Darío Moya no estaba cansado, hacer el aseo una vez al año no le era trabajo alguno comparado con la oficina. Pero en un intento por satisfacer a su mujer comenzó a sacar cuentas y aprovecharse de las facultades de una buena vida como futuro político y además como abogado destacado.

—     ¿Sabes? — Dejó la virutilla y fue a la cocina donde estaba su señora, ya lavando los platos, después del contundente almuerzo — Contrataré sirvientes para que hagan el aseo. La casa es grande y tú no tienes por qué sacrificarte por lugares que ni siquiera usamos.

—     Haz lo que desees — Respondió Sofía Noguera al momento en que cortó el agua del lavaplatos — Pero no me voy a quedar todos los días holgazaneando.

—     Bueno, veré mis contactos, en unos días tendré un trabajo para ti.

—     Quiero uno en casa, no pretendo trabajar afuera para nadie.

—     Pues en ese caso, en casa lo tendrás.

Años después, todos los sirvientes renunciarían a sus labores por la mala relación con Sofía Noguera y sus hijos.

Hugo Tausiet miró hacia ambos lados en cuanto fue al pasillo, pero estaba solo de nuevo. Salió del primer dormitorio y se dirigió al segundo. Antes de entrar se cercioró que el primer cuarto estaba completamente cerrado; bastó entonces un suspiro lento y delicado y se dirigió a su próxima parada.

Era siempre un placer inspeccionar, como si fuese un detective, los lugares más lóbregos de la ciudad; esos que ya en pocos lados iban quedando. En su misma infancia conoció muchos, la mayoría a la vuelta de la esquina, todos ellos prohibidos por sus padres. Estaba el hotel quemado justo a dos cuadras de su casa, cuyos restos quedaron por años en el mismo lugar, con sus ventanas tapadas con cartones. Se decía que en el día se escondían de la sociedad los vagabundos, pero en la noche no tenían más remedio que buscar puentes o plazas para dormir, pues los espíritus no los dejaban respirar dentro. Un poco más allá, llegando al mar, estaba el antiguo teatro, el primero de la región. Estructura que, para el último terremoto, cayó estrepitosamente, y que luego las autoridades decidieron no volver a reparar, ya que su base estaba lo suficientemente endeble como para caer de nuevo. Díjose de ahí, por un largo tiempo, que penaba el espíritu de Rubén Olmos Leiva, el fundador de la primera escuela de arte, pintor y además músico por excelencia; interpretador eximio del clarinete. Su legado fue inmenso para la ciudad y el país, y cuentan los pocos que lo conocieron, que solía ver las obras dramáticas en aquel lugar, para luego quedarse unas horas en la entrada del teatro, comiendo las moras que crecían allí. Esas plantaciones aún crecen en la fachada, y es en las noches cuando se ven más tétricas, moviéndose con el viento como si Rubén Olmos las estuviera arrancando de las raíces. Como en cualquier ciudad, las leyendas urbanas fueron siempre de carácter ectoplásmico y místico, por un lado creadas para asustar, y por otro para recordar de manera didáctica a los grandes próceres que dieron cuna a la urbe.

Hugo Tausiet observó detalladamente la segunda pieza, que constaba principalmente de una ventana que daba al exterior. Esta vez, no estaba bloqueada con maderas viejas y se veía la calle El Almendral desde la puerta. A pesar de que el dormitorio estaba tan sucio y polvoriento como el primero, no había cajas y la única cama estaba sin su colchón original, llena de virutas de madera y esperma de vela de los tiempos de la última crisis energética en los años treinta. El dormitorio era diferente al resto, su techo caía diagonalmente y era soportado por dos pilares de concreto en perfecto estado, uno a dos pasos de la ventana, y otro a dos pasos de la puerta. Hugo Tausiet mantuvo su ritmo cardiaco y respiratorio unos segundos, sin perder la vista a la ventana en frente suyo. Recordó inminentemente que la tarde estaba cayendo y debía apurarse. Dio un paso fuerte que vibró un poco más allá, como si hubiese sido un estupor respondiendo. Se le asomó entonces un aire de comprensión, abrió la boca lentamente, con el aire guardado en sus amplios pulmones serenos y dijo:

—     Puedes salir.

Del pilar que estaba cerca de la ventana se descubrió un hombre de bastante edad, erguido y bastante delgado como para haber sido ocultado detrás del concreto. Era completamente calvo en el cráneo y aún le restaban canas en la nuca y las sienes. Llevaba una camisa blanca, un tanto sucia pero perfectamente planchada y un pantalón de traje negro. Sus zapatos parecían increíblemente unos sobrevivientes del ambiente, estaban en perfecto estado, recién lustrados y brillaban en contraste con el desdeñado suelo. El hombre tenía la cara caída por la edad, pero parecía no costarle hablar.

—     Ochenta y siete años de edad, señor — Dijo con claridad en su vozarrón — Aquí estoy todavía, en perfecta condición.

Hugo Tausiet lo miró con extrañes y se acercó a él. El anciano lo sintió con tranquilidad y se dejó llevar a la proximidad. Más tarde le diría que en sus ojos vio la honestidad y la dulzura, un tipo de mirada que ya en estos años no quedaban. Le dijo también que su propio nombre era envidiable, pero que no valía la pena decirlo; que el anonimato era el perfecto camino a la serenidad y la dignidad, mientras la fama sólo llevaba a la estorbo.

—     El talento abunda en aquellos que nunca fueron famosos — Dijo.

Sentado ya en el borde de la cama, junto al anciano, Hugo Tausiet intentó conversar con un poco más de profundidad. No era que no lo hayan estado haciendo, el hombre a su lado era un perfecto analizador de la sociedad, un hombre de gentileza y sabiduría, pero Hugo Tausiet pensaba llegar a otro punto. Se paró de pronto, dando dos pasos cortos hacia la puerta. No era aquél un movimiento del agrado del viejo, quien se levantó sin ningún esfuerzo, le tomó el hombro por detrás y lo dio vuelta a la fuerza.

—     Mala educación es darme la espalda.

—     Lo estoy ayudando a buscar — Respondió Hugo Tausiet al instante. Desvió su mirada hacia arriba, hacia el cráneo — ¿Qué le pasó ahí?

—     Cuando vives una vida de preocupaciones, hijo — Contestó seriamente el viejo, como dando lecciones de vida — Suelen ocurrir percances mínimos en prioridad, pero máximos en importancia.

En efecto, en su última visita había perdido su boina azul, aquella que se compró en la feria de sombreros que se hacía en la ciudad hace media década, la misma feria que hoy se había internacionalizado fuera del país bajo el nombre de la internacional feria de sombreros de Córdoba, muy cotizada en la actualidad. Hugo Tausiet lo miró con entusiasmo mientras el viejo le hablaba de sus últimos años antes de entrar a la calvicie. Le dijo que el problema no era el cabello perdido, sino el estatus extraviado por haber entrado en la edad de la renovación. Así, lo invitó cordialmente a que volviera en la noche a tomar un té y poder intercambiar ideas acerca de la filosofía senil.

—     Señor, no es sano que siga buscando aquí.  — Dijo Hugo Tausiet de pronto — Sólo encontrará antigüedad, aquella que quiere usted borrar con su boina.

—     Puedes tener razón, hijo — Respondió el abuelo — ¿Pero dónde podría yo buscar?

—     No es sano tampoco retener emociones sobre objetos — señaló Hugo Tausiet — Lo mejor es olvidar su boina, retirarse y buscar una nueva. Si quiere lo acompaño.

—     Me cuesta dejar esta sala, hijo — Dijo el viejo — Creo que entonces yo debería acompañarte a ti.

Ambos fueron hacia la puerta, salieron y miraron el pasillo deshabitado, un poco más allá estaba la escalera hacia la salida. Hugo Tausiet comenzó a caminar lentamente, con el corazón latiendo fuerte, tragó saliva con represión en su garganta y le preguntó al anciano:

—     ¿Por qué una boina debería ser tan importante para una persona?

—     Es la vida, hijo — Respondió el anciano luego de un tiempo — Lo único que se necesita para vivirla, es dignidad.

Sofía Noguera perdió la custodia de sus hijos en cuanto la niña se casó con un hombre siete años mayor, nieto de un reconocido empresario nacional; y el niño continuó sus estudios de música en el extranjero. Para ese tiempo, se había perdido toda la esencia del amor. Distinto era antes, pues el tedio y la rutina de un matrimonio pudieron ser rehabilitados con el amor a los hijos en el día a día, como un eterno agradecimiento conyugal. Ahora todo había cambiado, la vida en pareja en el límite entre la adultez y la senectud se volvía mustia desesperanza y, por otra parte, miedo a la muerte.

Habían pasado ya años desde que Darío Moya se volvió alcalde de la ciudad, elegido por unanimidad por el pueblo gracias a la noble gestión de su padre, tiempo atrás. Años también pasaron desde que él instaló para su señora la boutique más elegante y galardonada de la ciudad, en el mismo primer piso de la casa en que vivían. El principal problema, dejado en manos de su señora por Darío Moya, fue el nombre de la boutique. Esta situación condujo a Sofía Noguera a dolores de cabezas y enredos mentales por al menos un mes, pues sus recuerdos de infancia se entremezclaban para prevalecer el uno sobre el otro y tener un lugar especial como nombre artístico del local. Pensó primero en su apellido, como reconocimiento de orgullo a su familia, pero Boutique Noguera no fue bien mirado por las opiniones ajenas, le faltaba arte y esencia; además de ser un nombre muy egoísta. No fue hasta que su hija la visitó desde la capital, donde estaba viviendo, trayendo variados frutos secos que por estos lados no se veían mucho, que el nombre perfecto recayó en la conciencia de Sofía Noguera. Aun con lo fanática que era por las nueces, el ver almendras en la mesa fue lo que le produjo un fulgor repentino. Se paró, disculpándose con su hija y su marido, y salió a la calle, en el momento en que Darío Moya regresaba del trabajo. El alcalde no tuvo posibilidad de preguntar qué era lo que ocurría, pues salieron también su hija y su yerno y se encontraron de frente, tapándose el camino.

Al minuto volvió Sofía Noguera, con una pícara risita en sus labios. Había estado en la esquina. Ignoró todo el interrogatorio de su familia y volvió a sentarse en la mesita. Tomó dos almendras mientras su hija se sentaba al frente con preocupación, su yerno le pedía explicaciones con timidez y su esposo la regañaba con disimulo. Se comió una de las almendras y miró con una sonrisa gigante a su familia:

—     Boutique El Almendral – Dijo, sin dejar de sonreír.

Hugo Tausiet bajó. La puerta frontal estaba abierta, caminó lentamente hacia ella, detenido por un fuerte viento que entró repentinamente. Afuera aún quedaba luz, pero ya el sol comenzaba a despedirse de la ciudad, preparándose para una bienvenida a la mañana siguiente. Sofía Noguera entró, con su vestido negro, el mismo de su juventud que, en sus delirios, había mandado a arreglar. Sus ojos irritados no contuvieron las lágrimas, pero ella sí contuvo la pena por un tiempo. En sus manos sostenía una carta recién depositada en su buzón. Sofía Noguera miró a los ojos directos de Hugo Tausiet. Se acercó un poco más para evitar tener que hablar fuerte y quebrar así su voz:

—     Es de mi hijo — Le dijo mostrándole la carta — Él aún no sabe nada.

Hugo Tausiet le acarició la mejilla con ternura, sintiendo con amargura sus delicadas líneas rugosas de anciana triste. Le sonrío entonces, para denotarle tranquilidad.

—     No se preocupe — Dijo — Ambos se han ido.

—     Gracias — Respondió Sofía Noguera — No sabe cuánto me ha ayudado — Una lágrima cayó de su ojo derecho. Sofía Noguera dio la vuelta para evitar la vergüenza — Ahora, por favor, váyase.

Hugo Tausiet, con una mueca de comprensión, salió de la casa con amargura. Bastaron sólo tres pasos afuera para que Sofía Noguera lo detuviera. Hugo Tausiet frenó su andar y dio la vuelta; la volvió a mirar a la cara.

—     ¿Usted lo vio? — Preguntó Sofía Noguera.

—     Sí, lo vi.  — Respondió Hugo Tausiet — No se preocupe, él está bien. Es un hombre digno.

Dio entonces la vuelta y se fue rápidamente, intentando no tener que volver a ver la cara angustiada de esa pobre señora viuda, con hijos lejanos y una casa cargada de recuerdos a sus espaldas. Sofía Noguera abrió la carta rápidamente, entre lágrimas, y leyó cada palabra dos veces: Iré a visitarte la próxima semana, espero que Iván, papá y tú estén bien.

Sofía Noguera soltó la carta junto con su llanto. Recordó el momento en que Iván Bertolucci, el amigo de universidad de su hijo, llegó a vivir con ella, pues se había quedado sin hogar. La carta cayó seca en el suelo y la mujer la recogió al instante, para luego dejarla en el estante de recepción, justo al lado de la boina azul de su difunto esposo. Dio la vuelta y cerró de golpe la puerta, prometiéndose no volver a abrirla jamás.